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El puente (1977)
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Es mitad de agosto en Madrid y las fortunas del calendario otorgan un día extra de fin de semana. Juan (Alfredo Landa) se va de puente. Le importan el dinero, las mujeres y la comida. Y no meterse en líos y en problemas que no le incumben, que bastante tiene con lo suyo. Es un mero espectador de lo que le rodea, tal como le describen en un momento de la película. Aunque le dejen tirado del plan inicial que tenía pensado, no pasa nada; se monta en su “Poderosa” lleno de convencimiento y pone rumbo a Torremolinos. Por el camino verá la España de la época, transformando por completo su forma de ver y relacionarse con el mundo.

Unas guiris que buscan el sol de la costa, una familia que visita a un miembro preso por participar en una huelga, el contraste que hay en el mundo rural entre los terratenientes y los jornaleros, la brecha generacional, una compañía de teatro contestataria, el racismo de un camarero de un bar de carretera, los emigrados a Alemania a los que les fue bien, un  funeral religioso, unos burgueses en busca del hedonismo, unos hippies. Juan Antonio Bardem se sirve del formato de road movie para construir este imagen de la España  inmediatamente posterior a la muerte de Franco; un contexto de impasse entre dos mundos en conflicto. El Juan que llega a Torremolinos no tiene nada que ver con el que salió de Madrid. El viaje como transformación y, en este caso, toma de conciencia. Los mismos enlaces sindicales que rechaza con desdén al inicio son abrazados al final, en un final donde queda patente el compromiso comunista de su director, en sus entrelazadas dimensiones teórica y práctica. El conocimiento y la unión os harán más libres, lo que también es una muestra de los anhelos y las herramientas de la época.

Alfredo Landa está enorme en un papel que en el fondo bien podría condensar su propia carrera. En El puente está el landismo y también Los santos inocentes. El arco de su personaje resume varias décadas y formas del cine español. Landa está conmovedor en todo momento, especialmente en las escenas en las que su mirada silenciosa se convierte en protagonista. El guion no siempre consigue exprimir al máximo su potencial interpretativo, subrayando demasiado –y de forma seguramente innecesaria- el proceso de transformación del protagonista. El monólogo interior que mantiene durante las largas y solitarias horas de carretera es difícil de llevar al cine, pero Bardem consigue que estas escenas no se hagan demasiado pesadas al combinarlas con los diferentes encuentros que Juan va teniendo.

El puente fue la primera película de Bardem tras la muerte de Franco, sin tener que preocuparse por la censura. Y seguramente por aquí venga su mayor fallo: es una película demasiado hablada y sobreexplicada. Al igual que el cine mudo estimuló la puesta en escena y las formas de actuar, la censura obligó a quienes querían salirse de lo establecido a agudizar el ingenio. Por favor, que no se entienda mal esto. Nunca puede ser buena la censura. Pero tiene sentido vincular los numerosos momentos más explícitos de lo necesario del film con el hecho de que Bardem, que en más de una ocasión manifestó que su filmografía se había visto reducida a la mitad por culpa de la censura, todavía estuviese buscando la forma óptima de gestionar las nuevas posibilidades que tenía ante él. Tener unas elecciones constituyentes a la vuelta de la esquina seguramente también influyó en que su didactismo quisiese dejar poco lugar a la interpretación.

El puente es un gran ejemplo de la época en la que se rodó y también de una forma de entender el cine, y en general la relación entre el compromiso político y la creación artística. Si bien está lejos de las mejores obras de Bardem, resulta muy útil para conocer la historia reciente de España y la evolución de su cine. Es una película que de optimista puede llegar a parecer ingenua en estos días, pero que emociona con su descubrimiento de la justicia y la conciencia de clase –evidentemente, habrá personas que, por sus ideas, la aprecien más que otras, algo por otra parte extensible al resto del cine del director-. Landa recorre la península y decide que tiene que dejar de ser un “mero espectador”. El puente tuvo un éxito considerable en círculo especialmente de izquierdas, aunque ha caído en el desconocimiento en los últimos años. Un lugar del que tendría que salir porque, aunque tenga sus fallos y sea menos redonda que otras de la época o del director, nos enseña a la perfección de dónde venimos. Bardem entrega en El puente una película socialmente verdadera, que sin embargo se ha revelado con el paso de los años–y aquí el por suerte o por desgracia va por barrios- como políticamente ineficaz. Pese a su evidente oportunismo y a algunos fallos cinematográficos, una película de calidad que hace que nos conozcamos mejor a nosotros mismos.

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

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