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El olivo: humanismo reconfortante
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Icíar Bollaín lleva bastantes años siendo una de las directoras más importantes del cine español, mirando desde su cámara el mundo que la rodea y dando muchas veces la palabra a quienes no suelen tener la oportunidad de ser escuchados. Tras centrar su atención en Bolivia y Nepal en sus dos anteriores películas, en esta ocasión su cine social vuelve a la realidad española, enmarcado en un drama familiar.

Escrita por Paul Laverty, colaborador habitual de Ken Loach (otro motivo más para asociar a Bollaín con el cine social), la España de la crisis aparece desde la perspectiva de una familia, con un olivo en el centro de sus conflictos, pero también de sus anhelos. Un buen guión que, a causa de su ambición por abarcar muchos y grandes temas, no puede evitar caer en ciertos atajos, una bonita fotografía que capta la soleada belleza del Levante español, y una sencilla banda sonora para remarcar los momentos más dramáticos, componen un film que se decide por el formato de road movie para desarrollarse.

La película se construye principalmente gracias a los diálogos, lo que provoca que algunas situaciones parezcan forzadas y otras veces se caiga en la sobreexplicación. Este problema resalta incluso más cuando las pocas ocasiones en las que Bollaín permite a las miradas y los silencios tomar la iniciativa consigue escenas de gran calado dramático, aunque es cierto que sus actores y actrices funcionan fantásticamente cuando toman la palabra, y es lógico que se les de cancha.

Uno de sus puntos fuertes es el reparto. Es su gran labor la que consigue llenar de vida a unos personajes que, por la abundante presencia de diálogos, podrían quedarse en meros resortes argumentales. A la joven Anna Castillo no le tiembla la voz en ningún momento a la hora de dar vida a Alma, el personaje principal. Su interpretación de esta mujer fuerte y decidida, y a la vez atormentada por recuerdos del pasado, le valió el Goya a la mejor actriz revelación. El resto del reparto también raya a gran nivel, destacando especialmente el carisma de Javier Gutiérrez en el papel de bonachón derrotado por la vida que a pesar de eso se resiste a rendirse. Pep Ambròs, Manuel Cucala y Miguel Ángel Aladrén aportan con sus interpretaciones más contenidas un contrapunto necesario a la efervescencia de Anna Castillo.

El olivo es una de esas películas en apariencia pequeñas que terminan por tocar los grandes temas de la existencia, mostrando además un caso concreto, de ficción pero verosímil, de la crisis económica española. Habrá quien pueda reprobarle con razón un exceso idealismo y hasta una cierta ingenuidad, pero es innegable que desprende un humanismo reconfortante, y que sabe aprovechar, dando espacio, la calidad de su reparto.

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

 

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