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El laberinto del fauno: la fantasía negra de Guillermo del Toro
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El laberinto del fauno: la fantasía negra de Guillermo del Toro

El director consiguió el culmen narrativo y estético de una forma nada convencional de introducir lo fantástico en el cine.

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Autodefinido en su condición de freak, Guillermo del Toro, desde el comienzo de su carrera, se ha propuesto dar un giro a ese tipo de cine que tanto le ha influido y que desde pequeño devoraba desmedidamente. Para él el concepto de lo fantástico es tan amplio como su voluminosa silueta, pero en el fondo remite a la concepción más simple: es todo aquello que escapa de la realidad y que entra dentro del plano de lo maravilloso, lo sobrenatural o lo mágico. Lo fantástico es aquello que crea la imaginación, una facultad humana que nos hace únicos y que es el material del que se hacen los sueños. Algo que se desborda en las creaciones del cineasta.

Dentro de ese mundo maravilloso que conforman las películas del director y novelista, encontramos una auténtica joya que supuso un soplo de aire fresco a un género con fronteras muy marcadas tradicionalmente: El laberinto del fauno (2006). Esta película ambientada en la cruda Guerra Civil española supone su culmen narrativo y estético de una forma nada convencional de introducir lo fantástico en el cine que ya había repetido en su ópera prima Cronos (1993) y en El espinazo del diablo (2001). Sus fantasías negras siempre están muy cercanas al terror, al igual que las fantasías galácticas de George Lucas lo están de la ciencia-ficción.

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Guillermo del Toro y Doug Jones en el rodaje de ‘El laberinto del fauno’. Fotografía: Teresa Isasi ©Picturehouse

En El laberinto del fauno se utilizó lo fantástico para hablar sobre la condición humana. A través de Ofelia (Ivana Baquero), protagonista de la película, se establecen puentes entre la crueldad de la guerra y un mundo maravilloso creado por la imaginación desbordante de la niña que se convertirá en la metáfora sobre la que se reflexione en el filme. Esta yuxtaposición entre la dura realidad social y la fantasía ya aparecía de manera más somera en El espinazo del diablo. La diferencia es que mientras esta última pretende ser una revisión del relato gótico, El laberinto del fauno obedece a las reglas del cuento de hadas, quizá el género literario más cercano al mito y desde el cual lo fantástico cobra más sentido.

Efectivamente, las referencias intertextuales a la literatura fantástica y popular son abundantes y se entretejen de manera más o menos explícita en la película: El mago de Oz, Hans Christian Andersen,  los hermanos Grimm,  Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, etc.

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Como una suerte de Don Quijote, Ofelia utiliza los elementos mágicos que ha leído en sus libros para escapar de esa realidad opresiva a la que su madre le ha conducido. Desde el comienzo de la película se yuxtapone la narración fantástica sobre la princesa con las ruinas de Belchite, que nos sitúa en el contexto histórico de la posguerra española. La localización del laberinto y el molino en mitad del bosque al que se trasladan a vivir tampoco es casual. En él encontramos la referencia al “bosque del lobo”, allí donde se encuentran los peligros que la joven heroína deberá superar para volver a conseguir la condición de princesa que perdió en ese tiempo indeterminado desde el que se construyen los cuentos inmemoriales.

El mundo al que accede Ofelia, como fuente de evasión o como realidad paralela, está repleto de figuras fantásticas (las hadas, el Fauno, el Sapo, el Hombre Pálido), de motivos clásicos (las pruebas, las llaves,  los cuchillos, los laberintos) y todo ello estructurado, según el director, siguiendo la “regla del tres” de los cuentos de hadas: motivos que se repiten tres veces durante la historia y que marcan su estructura.

En El laberinto del fauno la protagonista visita tres veces el laberinto, el fauno le propone tres pruebas, hay tres hadas, etc. Y como es lógico en todo cuento de hadas que se precie no puede faltar el villano. En este caso viene representado por la figura del Capitán Vidal (Sergi López), el particular lobo feroz de esta historia.

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De este enfrentamiento entre la heroína y el villano surge el relato y la esencia de toda historia fantástica. En este caso, la maldad que representa el oficial del ejército fascista que sueña con limpiar España de la resistencia republicana contrasta con la inocencia de una niña que sueña con volver a conseguir su condición de princesa. Mientras uno desprecia la vida, Ofelia juega con ella; mientras el villano asesina de manera despiadada, la protagonista crea sus propios personajes dentro de un mundo mágico, aunque no del todo bello. La diferenciación entre el mundo de uno y de la otra se acentúa con la codificación de colores durante la película.

No es casual que en esta particular trilogía que conforman Cronos, El espinazo del diablo y El laberinto del fauno, los niños tengan tanta importancia. Guillermo de Toro parte de su inocencia y de su falta de prejuicios para indagar en la realidad, al mismo tiempo que le sirve para reflexionar sobre temas tan trascendentales como la juventud, la inmortalidad o la propia condición humana. Desde el prisma de un niño todos estos temas se hacen más lúcidos.

En Cronos, Aurora lejos de temerle acepta ciegamente a su vampirizado abuelo; en El espinazo del diablo, Carlos se hace amigo del fantasma que pulula por el orfanato en el que vive; y en la película que nos ocupa, Ofelia se enfrenta a los peligrosos retos que el Fauno le manda ya que sabe que es la única forma de salvar la vida a su madre y recuperar su condición de princesa.

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Para Guillermo del Toro la esencia del relato fantástico está precisamente en este acercamiento a lo terrorífico. Algo que remite a la esencia de los cuentos clásicos que eran contados por sastres y zapateros ambulantes a cambio de alojamiento y comida. Estas historias eran contadas a adultos y por eso tenían gran dosis de violencia y se desarrollaban en entornos duros, propios de la realidad de la época (guerras, hambruna, plagas, etc.). De ahí que con esta fantasía negra, lo que hizo el realizador en El laberinto del fauno es volver a la esencia de esos relatos que pueblan la imaginería humana y que encuentran en la magia una forma de enfrentarse a los terrores y pesares propios de la condición humana.

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

Este texto se publicó originalmente en la revista ‘Versión Original’

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