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El hoyo: (buen) cine para tiempos oscuros
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En la ganadora del Festival de Cannes, Parásitos, de Bong Joon-hoo, vemos entrecruzarse las vidas de una familia pobre y otra rica. En Joker, que triunfó en el Festival de Venecia y ahora lo está haciendo en taquilla, también encontramos una sociedad con unas desigualdades crecientes. Galder Gaztelu-Urrutia lleva la propuesta aún más lejos en El hoyo, la flamante ganadora del último Festival de Sitges. Una película surcoreana, otra estadounidense y una española coinciden en mostrar, cada una a su manera, un mundo que cada vez funciona peor y al que no se le parecen intuir salidas.

En El hoyo, la distopía es directamente la única realidad que vemos. No está ambientada en ningún sitio ni en ningún lugar concreto, sino en el interior de una estructura con más de cien niveles (tampoco de la propia estructura sabemos demasiado: para algunas personas funciona como cárcel pero por ejemplo el protagonista ingresa de forma voluntaria). En cada uno de estos niveles hay dos personas y cada mes aparecen en una planta nueva, que puede ser más alta o más baja. En el medio de esta estructura hay un agujero por el que baja una mesa llena de comida. Una mesa que, evidentemente, se va vaciando según va bajando de piso, de manera que cada nivel come las sobras de los superiores.

Aunque la analogía con la división en clases, la desigualdad y las relaciones norte-sur sea evidente, a donde realmente apunta la película es a las relaciones entre individuos. Vemos como cada piso desconfía del de arriba y desprecia al de abajo, creando así un individualismo feroz en el que solo importa la supervivencia de cada uno. El hoyo no busca presentar una tesis sino plantear situaciones para que nos hagamos preguntas. Aunque esto acabe lastrando su final, acelerado y un poco confuso, el planteamiento prevalece: ¿qué harías tú? El hecho de que la pregunta se plantee en términos individuales también es reflejo de los tiempos.

Galder Gaztelu-Urrutia, en su debut en el largo tras los cortos 913 y La casa del lago, hace un buen uso de los humildes medios de los que dispone para ponerlos al servicio de la historia. La oscura fotografía, el cuidado sonido y una sencilla pero efectiva banda sonora contribuyen a potenciar la sensación de inquietud y confusión. Al thriller de ciencia ficción se le añaden momentos sangrientos propios del cine de género pero también desahogos cómicos, enriqueciendo así la propuesta y haciendo que la hora y media de duración se pase volando. Iván Massagué, más acostumbrado a los registros cómicos, hace un buen trabajo en el papel protagonista. Su desgaste físico fue más allá de la ficción, ya que el actor perdió doce kilos durante el rodaje. Entre los secundarios destaca Zorion Eguileor, que protagoniza gran parte de los momentos cómicos pero también ejerce de transmisor de información en los minutos iniciales.

El hoyo está destinada a convertirse en un film de culto al estilo Cube (Vincenzo Natali, Canadá, 1997), su comparación más evidente. Netflix lo olió rápido y se hizo con sus derechos durante el Festival de Toronto. El hoyo es una producción pequeña que a la vez tiene todos los ingredientes para gustar y seducir a un público amplio: una original intriga bien ejecutada con un problema político reconocible de fondo. Cine de género como medio para una reflexión política. Y en clave de cine español, una nueva muestra de la variedad de intereses y géneros para seguir redondeando un 2019 muy rico en calidad y diversidad.

 

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

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