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El hombre que mató a Don Quijote (2018)
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Te presento a Margaret Diane Weston, más conocida como Maggie. Weston está hoy retirada, pero fue una gran maquilladora inglesa en los 70 y los 80: trabajó en Monthy Python’s Flying Circus, La vida de Brian, Brazil y estuvo nominada a un Oscar por Las aventuras del barón Munchausen. Una vez, hace pocos años, Maggie dejó caer a la persona con la que está casada desde 1973, Terry, que hace siempre la misma película una y otra vez; que lo único que cambia es el vestuario. La broma de Maggie tiene algo de cierto, pero también algo de falso. Como todas las bromas. El cine de su marido es siempre reconocible en su estilo personal, pero lo cierto es que algo ha cambiado en los últimos 20 años. Y todo por nuestro hidalgo manchego.

Cuando Alonso Quijano apareció en la vida de Terry Gilliam, el exphyton estaba en uno de los mejores momentos de su carrera -aunque fuese ya sin la colaboración de Maggie Weston, que se retiró en 1988-. Los 90 habían sido buenísimos para él: acababa de rodar la ya arriesgada Miedo y asco en Las Vegas (1998) y esa misma década se había llevado muchos elogios por 12 monos (1995) y El rey pescador (1991). El tío iba embalado; más decidido y peligroso que nunca, pero abierto, lúcido y coherente. Hasta que llegó el infierno de su proyecto frustrado sobre la gran novela española en 1998.

El shock de no haber podido llevar a cabo El hombre que mató a Don Quijote empezó, quizá inconscientemente, a afectar al norteamericano. Desde entonces, inició un proceso de aislamiento. Se recogió en su mundo cinematográfico, en la búsqueda de nuevos retos visuales tras 30 años de carrera. Gilliam se amargó, se oscureció, y paulatinamente dejó de estar tan pendiente del espectador. Desde Tideland (2005) hasta El teorema zero (2013), en esas 4 películas, o le das la mano mientras te zarandea con sus brotes creativos o estás fuera de su propuesta. Lo demente, alucinado y grotesco que había explotado definitivamente en Miedo y asco en Las Vegas se expandió en su manera de hacer cine, con más o menos acierto según su inspiración.

Lo que vemos hoy, 20 años después, en El hombre que mató a Don Quijote, es la evolución natural de este agrio desarrollo que ha experimentado Gilliam. Y parece que el director de Brazil es consciente de esto: el hecho de que finalmente Toby, el protagonista de la película, no sea un ejecutivo, como estaba inicialmente planeado en 1998, sino un director de cine, es un mensaje claro. Toby llegó a La Mancha diez años antes como un director primerizo lleno de ilusión, entusiasmo, ganas de crecer y de hacer cine. En el presente es un cineasta bloqueado, desinteresado y cínico que está grabando un anuncio. La fatalidad de Toby es, salvando las distancias artísticas, la misma que la de Gilliam.

Esta coproducción española tiene lo malo y lo bueno de esas cuatro anteriores películas del responsable Los caballeros de la mesa cuadrada. Lo positivo está principalmente en la capacidad de colocarte en una especie de limbo degradado (las imágenes de Nicola Pecorini, director de fotografía, son muy efectivas en ese sentido); el mundo Gilliam al que se refiere Maggie. No hay duda, es él. En este limbo no hay conexiones claras con lo real y tampoco con lo fantástico. Hay una ambigüedad de voluntades y seriedades. No sabes hacia dónde van sus personajes, si hay voluntad de lo cómico donde no debería, si lo incómodo tendría que serlo, si lo que no pretende ser serio lo es y lo que pretendía serlo no lo es. Si entras en el juego de las consciencias, de los mundos reales y enloquecidos que se mezclan en su fatalidad, es realmente divertido.

El evocar un discurso metacinematográfico y su diálogo corrompido con la obra de Cervantes a ratos funciona -me gusta lo alborotado y torrencial de su primera parte- y a ratos no. Lo que sí funciona es la importantísima interpretación de Jonathan Pryce como Don Quijote; está genial en lo ridículo, en lo recitado y en evocar también la dura conexión con la demencia. Las escenas que comparte solo con Adam Driver, más desdibujado como Toby/Sancho, son las mejores en cuanto a ritmo de diálogo y atracción. Una lástima que no se le haya dado más peso aún en la historia.

Lo netamente malo es un guion, de nuevo, a merced de los vaivenes de Gilliam. Es evidente que Tony Grisoni, la otra persona encargada del libreto junto a Terry, no ha sido capaz de darle una forma uniforme y coherente a las permanentes pérdidas de contacto que tiene Gilliam entre lo que quiere decir, lo que tiene en su cabeza, y lo que plasma en imágenes al final. No funcionan muchos de los elementos cómicos, hay diálogos que se quedan en tierra de nadie, en secuencias vacías, y una permanente insistencia en según qué elementos que ya han cumplido su deber dentro de la mecánica de la historia.

El hombre que mató a Don Quijote es una película importante del tardogilliamismo, quizá su mejor traducción por todo lo que la ha rodeado; cumple su función de hilo conductor de los cambios que ha vivido el cine del director durante estos 20 años. Totalmente imperfecta, con sus raras luces y sus profundas sombras, es una muestra más de la insobornable voluntad de Gilliam de profundizar en su manera de entender el cine, aunque eso signifique darse de cabeza con la pared de la inconsistencia y la incapacidad de trascender.

Arturo Tena (artena_)

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