Estás leyendo:
El hijo del acordeonista: amistad sin conflicto
4 min

 

Todo final tiene un principio. El hijo del acordeonista es la primera película que toca el tema de ETA, recurrente en nuestro cine a lo largo de la historia, desde que la banda terrorista anunció su disolución definitiva en mayo del año pasado. Y lo hace repasando la época todavía embrionaria de la organización a mediados de los años 60, cuando decidió, por primera vez de forma consensuada, que optaba definitivamente por la lucha armada contra el régimen franquista.

Sin embargo, el filme no pretende, con todo el derecho, ser un retrato histórico o una propuesta político-social sobre el terrorismo durante los años 60; busca recoger algunas consecuencias íntimas de esa época centrándose en unas relaciones marcadas por el silencio. El problema principal de la obra de Fernando Bernués es que, pese a las buenas intenciones de una propuesta clásica, no es capaz de construir en el relato una conexión emocional sólida con lo que está contando.

El hijo del acordeonista
, basada en una popular novela del mismo nombre de Bernardo Atxaga, se divide narrativamente entre el presente (años 90) y pasado (años 60) de David Imaz, que vivió su infancia y juventud en un pueblo del País Vasco, pero que tuvo que huir a California, donde pasa por una grave enfermedad. Su viejo amigo Joseba va a verle a Estados Unidos después de 25 años sin verse, y ahí empiezan los viajes al pasado guiados por una voz en off literaria.

En las fases del pasado está lo mejor de la película, que consigue captar con elegancia el ambiente de los pueblos y de los caseríos vascos. Los espacios se respiran con luz natural y se aprecia el verde auténtico de las praderas, típico del norte mojado. A esto ayuda también una buena selección de elementos en la composición de los planos, que, por otro lado, son funcionales a sus discretos y justificados movimientos de cámara. Se aprecia el buen músculo reciente del audiovisual vasco. Además, en los recuerdos están algunas de las mejores interpretaciones y personajes, como la de la sólida y sufrida madre de David (Mireia Gabilondo) o la de la desequilibrada Teresa (Miren Arrieta), el personaje psicológicamente mejor trazado de toda la producción.

Es cuando la película se sitúa en el “presente” que la apuesta de Bernués funciona peor. En esas escenas, dos amigos se vuelven a reencontrar 25 años más tarde. David y Joseba tiene muchas cuentas pendientes y una complicada relación; es, en teoría, el gran tema de la película. Pero no existe un vínculo del espectador con los dos personajes centrales porque no se ha construido bien entre ellos en el guion, ni en el presente ni tampoco en el pasado. No hay significado de amistad en el fondo de las palabras ni tampoco de las miradas.

Aquí se añade también la transitoria obviedad y excesiva teatralidad general de las conversaciones y situaciones planteadas. Burnués, quizá influenciado por haber llevado a la obra original también a las tablas y las limitaciones de no estar realmente en California, mantiene la narración estática en esas escenas, y busca la fuerza de las palabras para establecer un diálogo sobre qué había pasado entre las familias de Obaba. Difícil conseguirlo si no tienes buenos mimbres de diálogos y personajes en tres dimensiones.

Es verdad que El hijo del acordeonista no tiene excesivas pretensiones de trascender hacia otros planos más metafóricos, pero precisamente por eso se echan en falta los ingredientes de un buen drama clásico. El serio trabajo de producción y algún detalle de interés se disipan en un conflicto del que no sale el dolor subterráneo que se supone que aún tiene que gestionar la sociedad vasca.

 

Arturo Tena (@artena_)

Dejar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Input your search keywords and press Enter.