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El día de la bestia: 25 años del día que acabó el mundo
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Alan Moore, el hombre que odia las películas de superhéroes interpretado por Leonardo Sbaraglia, escribió dos Apocalipsis de ficción. Uno, en su cómic esotérico Promethea (1999-2005). Otro en el mucho más conocido La Liga de los Caballeros Extraordinarios Vol. III. (2009). La interpretación de ambos fines del mundo es la misma, aunque en el segundo se enfoque más desde la comedia: el Armageddon no es «el fin de todo» sino un momento de transición en el que un mundo acaba y empieza otro. Al ser ambas obras con una gran carga de metaficción, en su caso un mundo nuevo de ficciones libres y al servicio de un bien mayor, en lugar de alienantes y predecibles.

En 1995 es posible que a Pablo Iglesias y Santiago Abascal todavía les hiciesen bullying en el patio del colegio. Ese año Días contados, de Imanol Uribe, arrasó en los Premios Goya, aunque también rasparon algo La pasión turca y Todos los hombres sois iguales. Al Real Madrid lo entrenaba Jorge Valdano con profusión de esdrújulas y endecasílabos, aunque lo que acababa de empezar en otoño era la temporada 95-96, es decir, la del Atleti del Doblete. En TVE la serie de La regenta iba a ser el canto de cisne de un modelo de ficción en la pública y Vicente Escrivá estrenaba ¿Quién da la vez? en Antena 3 con José Sacristán como estrella. En la Moncloa vivía un señor que quizás les suene, Felipe González, y el jefe de la oposición era un tal José María Aznar.

El día de la bestia se estrenó un 20 de octubre de ese mismo año, que les falló el chiste kamikaze por un mes, primer aniversario de la muerte de Burt Lancaster y 37 cumpleaños de Viggo Mortensen. Y fue el Armageddon.

 

En España no se hacían películas así

el día de la bestia

El fantástico español venía de unos años de relativo erial. Por supuesto una frase como la que encabeza este epígrafe es siempre una exageración injusta que obvia el trabajo de otros autores, pero frente a una Acción mutante que se percibió como una gamberrada y tuvo visibilidad por ser producida por los Almodóvar, El día de la bestia ya era un acontecimiento en sí. Era una película «normal» que iba a los Premios Goya, se debatía de ella en televisión y constituía parte por derecho propio de eso que ahora llamamos mainstream, no del trash (aunque fuese heredera directa de este).

Por otra parte, El día de la bestia surtía al imaginario patrio de momentos POP icónicos como solo solían verse en el cine de Hollywood, y además rodados sin asomo de parodia o de complejo bufón. La película sucede en Madrid de manera natural, no señalando cada dos minutos lo ridículo de la ambientación española -como en parte sí hacía Acción Mutante-, y la escalada hacia el vacío de los protagonistas en la Gran Vía o el momento en el que el padre Ángel Berriartúa contempla las Torres KIO con su particular estrella de Belén son parte de la cultura general de este país, fácilmente reconocibles. La prueba es que hasta hace cuatro días los políticos los sigan usando para soltar gracietas en Twitter. Literalmente.

Porque además El día de la bestia, sin dejar el formato de una peli de terror de género fácilmente «internacionalizable», es una narración inscrita en la tradición española. Hasta el punto de que de últimas estamos ante la enésima relectura del Quijote, en esta ocasión con dos Sanchos que en el último instante consiguen convencerlo de no perder la fe. Donde hasta el último minuto nos preguntaremos si el gigante fue siempre un molino y hasta que punto el personaje de Álex Angulo no tenía razón cuando afirmó que «uno ve lo que quiere ver». Y si realmente todo lo sucedido no es la huida de tres pobres desgraciados que no quieren asumir la sociedad corrupta y decadente en la que viven, donde las palizas a mendigos y las desapariciones de bebés no tienen explicación sobrenatural más allá de la simple maldad humana.

 

Satánico y de Carabanchel

el día de la bestia

Uno lo recuerda al ver la secuencia final ahora: las torres KIO o Puerta de Europa, aún sin el ignominioso símbolo de la Bestia de CajaMadrid y luego Bankia, estaban en obras en el momento del rodaje de El día de la bestia. La construcción de ambas torres finalizó en 1996 y nunca han llegado a ser tanto un icono de la ciudad como el luminoso de la Gran Vía o la fuente del Ángel Caído. El paradigma que asomaba a su cambio en la España del 95 era el de la cultura del pelotazo, que iniciada en el Felipismo viviría sus días de gloria gracias a la Ley del Suelo de Aznar, con un desmantelamiento de los servicios públicos que se iniciaba entonces y estamos pagando dolorosamente ahora.

El día de la bestia es la primera película que sirve como punto de referencia, y perdónenme el derrape generacional porque es una simplificación que normalmente no quiere decir nada, a X y millennials de primera hornada en una España en Transición, esta vez hacia problemas del primer mundo. Ya eramos parte de la Unión Europea, habían pasado los Juegos de Barcelona y la Expo92, además de la crisis del 93, y creadores como el propio de la Iglesia, Juanma Bajo Ulloa o Javier Fesser se habían criado con una mezcla de referentes de género propios y ajenos que no deseaban separar. Un nuevo canon, que estalló a partir de 2010, era posible.

Un cine aparentemente menos ideologizado que el de décadas anteriores, que bebía del trash y del POP pero los utilizaba a conveniencia sin miedo a mezclarlos con la alta cultura, que no renunciaba al referente de la comedia costumbrista que seguía siendo denostado y que se sabía inserto en un universo concreto, en un filtro de percepción -de ahí la parodia salvaje del mundo del espectáculo, una constante en el cine de de la Iglesia-. Un cine con el punto nihilista de los 90, pero que en El día de la bestia cuenta con la presencia, por ejemplo, de «los Toyotas» que interpretan Jaime Blanch o Antonio Dechent, pijos violentos que al creer que limpian Madrid están haciendo el trabajo sucio del Maligno sin saberlo.

La película fue el punto de inflexión de todo eso. Más que literal, pues el arte, como la vida, es un proceso, no un suceso. Más que despertar conciencias El día de la bestia demostró que era posible un cine de género conscientemente local y que conviviese en igualdad de condiciones con el cine de autor al estilo de Almodóvar, los thrillers cercanos al noir pero apolíticos de moda en la época o el tópico falso y eterno de las películas de la Guerra Civil. Ese 20 de octubre fue el Armageddon porque antes de él existía un mundo y después ya hubo otro desde el que no se pudo volver atrás.

No fue un día más.

Fue el día de la bestia.

 

Jose A. Cano (@caniferus)

Puedes ver El día de la bestia online aquí.

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