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El crack cero: Garci fiel a sí mismo
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Germán Areta, el detective que protagoniza la saga El crack, es un héroe clásico de esos a los que el hedor insoportable que le rodea no llega a nublar un código moral firme. Le mueve una idea de justicia en un mundo injusto y no se va a doblegar. José Luis Garci en el fondo es igual. En un mundo audiovisual en constante evolución él sigue apegado al clasicismo formal y a la admiración infinita por Ford, Hawks o Wilder. Guionista antes que director, su poesía es fundamentalmente hablada. Este tipo de cine que ha hecho, comentado y alabado durante su carrera es el que está de vuelta con El crack cero.

El punto de partida de este regreso al personaje de German Areta surge de una conversación con Maite Imaz, viuda de Alfredo Landa -que interpretó las dos primeras películas a principios de los 80- en la que animaba al director a completar la trilogía. Una vez decidido a abandonar el retiro que pensó definitivo después de Holmes&Watson. Madrid days, Garci decidió situar esta nueva entrega antes de las dos anteriores. El crack cero está ambientada en el final de 1975, es decir, en los días inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte de Franco (algo que, más allá de alguna frase del estilo empieza un mundo nuevo, tampoco tiene mayor importancia). German Areta, que ya ha dejado la policía y abierto su agencia de investigación, recibe el encargo de investigar las circunstancias que rodearon a la muerte de un sastre seis meses atrás.

Dedicada a James M. Cain en vez de a Raymond Chandler, El crack cero nos devuelve a ese Madrid de cine negro que ya no existe y que seguramente nunca existió de la manera que Garci lo representó hace ya casi cuarenta años. El cine mejor que la vida, como lleva diciendo y demostrando muchos años. El universo es el mismo que creó en los 80: cafés cortados y humo de cigarros, partidas de mus y conversaciones de boxeo, banda sonora de Jesús Glück. Un regreso que es un efectivo ejercicio de nostalgia y de amor al cine clásico.

La única novedad, además de un blanco y negro que le sienta estupendamente bien a la propuesta, es el reparto. Los zapatos de Alfredo Landa son gigantes para cualquiera, pero Carlos Santos sale vivo del intento, lo cual no es mucho sino muchísimo. Acostumbrado a papeles cómicos, Santos calca bien la pose de ojos siempre atentos y silenciosos que esconden a un personaje contenido y en constante alerta. El tiempo dirá qué lugar ocupa este trabajo en su carrera, y lo mismo puede decirse del trabajo de Miguel Ángel Muñoz en el papel que hizo hace años Miguel Rellán.

A El crack cero se le pueden reprochar cierta inconsistencia en la trama o algunas escenas y diálogos que parecen ser una búsqueda a gritos y desesperada de su propio “siempre nos quedará París”. Pero nunca la honestidad y la coherencia en sus intenciones. Será cine de museo, pero es cine de museo orgulloso de serlo. En una época de películas sugeridas por algoritmos hay mucho valor en desarrollar una propuesta claramente a contracorriente. El absoluto desinterés de Garci por gustar al precio de renunciar a sí mismo es admirable.

 

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

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