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El asesino de Pedralbes: El primer true crime español
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Aupado por las plataformas digitales, en la última década el true crime se ha convertido en un género claramente al alza. Ya sea en formato largometraje o serie documental, las macabras historias sobre crímenes reales inundan los catálogos de la gran mayoría de portales de streaming. De esa fiebre que ha provocado propuestas norteamericanas como Making a Murderer (2015), O. J.: Made in America (2016) o Wild Wild Country (2018), no ha escapado el público español.

Arrastrados por este auge, son numerosas las producciones que, imitando el formato de tales éxitos internacionales, han llevado a la pequeña pantalla algunos de los crímenes más recordados y mediáticos de la historia de la criminología reciente en España. Entre ellos podemos destacar Muerte en León (2016), El caso Asunta: Operación Nenúfar (2017) o  El caso Alcàsser (2019). Todos ellos trabajos meritorios y de gran valor documental, que analizan desde diferentes puntos de vista los crímenes en los que se centran. A pesar de todo, ninguno de ellos creo que llegue al nivel testimonial que logró Gonzalo Herralde con El asesino de Pedralbes (1978), el que podemos considerar como el primer true crime español.

A sangre fría

El asesino de Pedralbes: El primer true crime español

Rodada en una época de profundos cambios sociales y políticos, el documental constituye un crudo retrato de la España de los primeros años de la transición, un documento inmejorable de la ambigüedad de los valores que guiaron el tránsito hacía la ansiada democracia. Todo ello visto desde el testimonio en primera persona de José Luis Cerveto Puig, uno de los criminales más recordados de la historia de la crónica negra española, cuyo sobrenombre da título al filme.

A partir de numerosas entrevistas, la película no solo reconstruye de manera minuciosa el doble asesinato que lo llevó a ser condenado a muerte en 1974, sino que, gracias a ellas, podemos reconstruir la vida de un hombre vapuleado desde su infancia, que fue forjando su carácter a partir del rechazo familiar que sufrió desde pequeño. Un personaje con varias caras, un peligroso lobo con piel de cordero, que consigue embaucar al espectador desde el primer plano en el que aparece. Un ser sobre el que se puede llegar a sentir repulsa y compasión al mismo nivel.

Gonzalo Herralde termina convirtiendo un simple documental en una historia donde lo real y lo ficcional terminan prácticamente fundiéndose

Presentada en el Festival de San Sebastián, la cinta se alzó con el Premio Perla del Cantábrico a la mejor película de lengua castellana en 1978. A través de un estilo directo y con unas marcadas deficiencia técnicas de la que se nos advierte al comienzo de la película, Gonzalo Herralde va confrontando las declaraciones del propio José Luis Cerveto con aquellas personas que le conocieron de cerca y fueron testigos de las diferentes etapas que conformaron su convulsa existencia.

El director nunca ha escondido la influencia que tuvo del nuevo periodismo norteamericano a la hora de concebir el filme, esa forma tan característica de narrar desarrollada en los años 60 y que tuvo en A sangre fría su obra más reconocible y destacada. El asesino de Pedralbes comparte muchas similitudes con el trabajo que catapultó a Truman Capote. Si la obra del escritor norteamericano combina una ardua labor periodística con elementos literarios, Gonzalo Herralde termina convirtiendo un simple documental en una historia donde lo real y lo ficcional terminan prácticamente fundiéndose. Esto lo consigue a través del diálogo que parece producirse entre esos personajes que pueblan el filme, puntos de vista sesgados y complementarios que ayudan a dar profundidad al relato.

José Luis Cerveto, retrato de un asesino

El asesino de Pedralbes: El primer true crime español

Rodada en 1978, el director consigue algo impensable unos años antes debido al hermetismo del régimen al respecto: penetrar en el interior de una cárcel y ser testigos de la vida en un centro penitenciario español. En este caso, la cárcel de Huesca, considerada en la época una institución especializada en el tratamiento psiquiátrico para psicópatas. Fascinado por el personaje sobre el que hablaban todos los medios tras el doble crimen que cometió en la Ciudad Condal, Gonzalo Herralde se empeñó en entrevistar de primera mano a José Luis Cerveto en la prisión oscense.

Tras salvar numerosos impedimentos, consiguieron los permisos para rodar durante cuatro días en el interior del centro penitenciario. Un hecho excepcional con el que se abre la película. Tras hacer una breve presentación de la figura de José Luis Cerveto a través de varios testimonios y primeros planos de recortes de prensa sobre el crimen por el que se le condenó, observamos al equipo de rodaje entrando en la prisión, un momento único que debía quedar plasmado. Una vez dentro, el rodaje se desarrolla en continuidad.

En torno a varias localizaciones, que van desde la celda de José Luis Cerveto al aula o la enfermería de la cárcel, el preso irá contando toda su historia cronológicamente desde su infancia hasta su cruenta caída. A medida que avanza el filme, Gonzalo Herralde consigue transformar una simple crónica de sucesos en un estudio psicológico profundo de un personaje hipnótico. Con su imparable verborrea y una lucidez en sus razonamientos sorprendente, José Luis Cerveto no esconde ninguno de los episodios que irremisiblemente lo llevaron a convertirse en uno de los asesinos más famosos en España: abandono familiar, abusos sexuales, malos tratos, intentos de suicidio, etc.

Este recorrido por la vida del protagonista queda dividido narrativamente en tres partes claramente diferenciadas: infancia y juventud, asesinato y proceso judicial y, por último, prisión y estudio psiquiátrico. Todas ellas ayudan a conformar un complejo retrato del asesino, que no puede dejar indiferente a nadie.

Natural de un barrio humilde de Alicante, en la primera parte de la película se describe minuciosamente el calvario que vivió de pequeño. Huérfano de padre, muerto de tuberculosis cuando el futuro asesino tenía 3 años, cuenta la difícil relación que tuvo con su madre, una mujer con grandes desequilibrios mentales que terminó abandonándolo, por lo que debió ingresar en un horfelinato regentado por monjas, entre las que se encontraba Sor Ángeles, una religiosa que lo maltrataba y humillaba. Estos dos episodios engendraron en él un rechazo crónico hacia las mujeres, que lo marcarían sobremanera. Tras varios escarceos en el mundo de la delincuencia, ingresó en diferentes reformatorios.

En uno de ellos, el Hogar Escuela Santísima Paz de Alicante, un educador abusó sexualmente de él, hecho que lo marcaría de por vida, convirtiéndose a la larga en un auténtico depredador sexual, una condición en la que se recrea la película a través de la minuciosa descripción que hace el propio Cerveto de sus técnicas para conseguir el favor de los niños y abusar de ellos. Dichos testimonios son desgarradores. Llama la atención la sensibilidad con la que habla de los menores mientras que cuenta con todo detalle los abusos que cometía con ellos, una contradicción que reflejaba su propio conflicto interior: ¿cómo podía hacer daño a los niños cuando los amaba tanto?

Tras desarrollar varios trabajos, entre ellos el de camionero, termina siendo contratado como chófer por un matrimonio de la alta sociedad catalana cuya vivienda se encuentra en un chalet de la parte alta del barrio barcelonés de Pedralbes. Aunque al comienzo se gana la confianza de Juan Roig y María Rosa Recolons, que terminan contratándolo como mayordomo, el dueño de la casa pronto terminaría por descubrir el verdadero carácter de su sirviente, un hombre irascible y errático, al que termina despidiendo. Esto se convertiría en el hecho que desencadene el asesinato, tal como se describe en la segunda parte del filme.

Anatomía de un asesinato

El asesino de Pedralbes: El primer true crime español

El odio que José Luis Cerveto sentía sobre Juan Roig, lo llevó a perpetrar uno de los crímenes más sanguinarios de la crónica negra española. Como declara el asesino durante la película: «Para mí en ese momento, él representaba toda la represión que yo había sufrido de niño«. Ese odio contenido desde la infancia explota en un acto de venganza ciega sobre una persona que representa todos los sinsabores de su vida, un crimen que pretendía dejar su huella indeleble.

Enamorado de la obra bien hecha, Cerveto elabora un plan con el que poder cometer el crimen perfecto. Durante diez minutos de película, el protagonista va describiendo las motivaciones que lo llevaron a cometer el crimen y cómo lo desarrolló. En dicho relato se atestigua la gran inteligencia de la que estaba dotado un hombre sin escrúpulos, que pensó en el más mínimo detalle para que no fuera descubierta su autoría.

El 4 de mayo de 1974, después de cenar en un restaurante, fue al cine a ver El estrangulador de Boston (Richard Fleischer, 1968), y cuando terminó la proyección se dirigió al lugar del crimen, un lugar que conocía muy bien y donde no le resultó difícil penetrar. A medida que Cerveto relata los pormenores del asesinato, una cámara recorre las estancias de la casa solitaria que fue testigo de tan atroz acto, un suceso que se desarrolló con saña, tal como gráficamente describe el protagonista en su particular anatomía del asesinato.

A pesar de contar con diferentes coartadas, como el protagonista de El corazón delator de Edgar Allan Poe, terminaría sucumbiendo a la presión psicológica y derrumbándose en el calabozo de la comisaría de la Vía Layetana donde lo tenían detenido como principal sospechoso del crimen. Aquel que había calculado hasta el más mínimo detalle el asesinato no contaba con la mala jugada que le provocaría su conciencia. Un asesinato con tintes de ficción, pero tan real como la miserable vida que había llevado el propio Cerveto y que, en el fondo, desencadenaron su caída más brutal.

La realidad ficcionada en El asesino de Pedralbes

El asesino de Pedralbes: El primer true crime español

Con El asesino de Pedralbes, Gonzalo Herralde culmina una interesante trilogía cinematográfica desarrollada en sus tres primeras películas, que tiene como finalidad ahondar en la reflexión sobre la interconexión entre realidad y ficción en el cine. En el comienzo de su carrera, sus películas están claramente guiadas por una obsesión por experimentar sobre la fina línea que separa en ocasiones lo real de lo ficticio, lo veraz de lo fantasioso. Para el director barcelonés, toda historia viene predeterminada por aquel que cuenta el relato, en este caso, el propio José Luis Cerveto, aquel que describe minuciosamente el crimen desde una perspectiva que nunca se puede refutar, ya que las personas que lo vivieron en primera persona lógicamente están muertas.

Esa idea de que detrás de todo relato existe un punto de vista subjetivo e idealizado la encontramos ya de manera explícita en sus dos primeras películas: La muerte del escorpión (1976) y Raza, el espíritu de Franco (1977). Mientras que en la primera nos habla de cómo la ficción se puede fundir con la realidad, en la segunda aborda lo contrario: cómo la realidad puede manipularse a través de la ficción. En ambos casos el mundo del cine está muy presente. Son dos propuestas diferentes pero que comparten un marcado carácter metaficcional.

«Me interesaba mucho lo que son los diferentes niveles de ficción que hay en torno a cualquier cosa»

Al igual que Truman Capote consigue dar una forma novelada (ficción) a una minuciosa investigación periodística (realidad), Gonzalo Herralde con El asesino de Pedralbes se propone construir un documental siguiendo los cánones de la ficcionalidad, algo que ya había desarrollado con gran éxito Jaime Chávarri con El desencanto (1976). Para ello se recrea en la vida del personaje principal, llegando a una profundidad psicológica del protagonista imposible en el campo de la mera ficción.

A través de las diversas entrevistas y testimonios, el espectador va construyendo la historia y los motivos que le llevaron a tan cruel acto. Como afirma el director al respecto: «Me interesaba mucho lo que son los diferentes niveles de ficción que hay en torno a cualquier cosa. En el caso extremo del crimen, la realidad está ficcionalizada, [José Luis Cerveto] lo está contando tal como él lo vivió, donde se crea un punto de ficción. Esa ficción es la que percibe el espectador, que debe hacer un cierto juicio de todos los elementos que se le ofrecen sin que la propia película ofrezca ningún juicio de valor sobre los hechos».

La clarividencia con la que el asesino recuerda los hechos hace que en la imaginación del espectador se recreen, con la misma fuerza de las imágenes, los escenarios y los acontecimientos que relata. Una historia espeluznante contada de manera fría y con rostro risueño como si de un hecho cotidiano se tratase. Una trama rocambolesca que parece que solo ha podido salir de la mente del más brillante de los escritores o el más lúcido de los guionistas. El propio asesino es consciente de ello al afirmar: «Como ya le he dicho tengo bastante fantasía. Entonces empecé a fantasear y ver cosas que no existían, que solo existían en mi mente, hasta formarme un tinglado para quitarme el estorbo del medio».

Testimonio de una época

El asesino de Pedralbes: El primer true crime español

Además del crudo retrato que se hace de José Luis Cerveto, el gran valor que posee El asesino de Pedralbes es haberse convertido con los años en el fiel testimonio de una época. En las declaraciones de los entrevistados encontramos ciertos tics de una sociedad que todavía seguía aferrada, en cierto modo, a los valores de un régimen que acababa de caer. La defensa de la pena de muerte, la impunidad y blanqueamiento de los delitos de abusos sexuales, la aceptación de la homofobia, la inoperancia judicial o las duras condiciones de las prisiones españolas. Todo ello a través de una serie de personajes que, vistos desde la distancia, pueden llegar a rozar lo esperpéntico, pero que, en el fondo, no son más que el reflejo de una época ya lejana.

En este sentido, la película adquiere en su última parte un cierto tono de denuncia social. Esto se ve principalmente en la secuencia en la cual se entrevistan a otros presos de la prisión, que el director utiliza como un impasse justo antes de entrar en el análisis psicológico del asesino con el que se cierra el filme. En dichas entrevistas los presos se quejan de las duras condiciones en las que se encuentran, el maltrato de los funcionarios o la explotación laboral que sufren. Declaraciones que hacen evidente que el sistema penitenciario español necesitaba una renovación urgente.

El último tramo de El asesino de Pedralbes es descorazonador. Gonzalo Herralde nos traslada a diferentes centros penitenciarios donde José Luis Cerveto fue sometido a un profundo estudio psicológico de su personalidad, del que el protagonista siempre reniega vehementemente. En ellos se concluye que el sujeto no padece enfermedad mental ni déficit intelectivo alguno, tal como recogía la sentencia.

«Lo único que me tiene la sociedad es miedo»

Pero, como sostiene el médico psiquiatra que lo estudió en la Central de Observación de la Prisión de Carabanchel, nos encontramos ante un caso psicoanalítico de libro, provocado por los traumas profundos que le marcaron desde la infancia y que determinan su conducta de adulto. Esa visión del inconsciente profundo que provoca la parte perversa de su conducta lo observamos claramente en ese sueño que minuciosamente describe durante la película, en el cual unas niñas se niegan a dar a luz a las criaturas que llevan en su interior, una imagen sublimada de todos sus traumas y trastornos.

José Luis Cerveto fue condenado a una pena de muerte por cada uno de los homicidios que había cometido, pero tras el indulto del 25 de noviembre de 1975, dichas penas fueron conmutadas por dos cadenas de treinta años. Contrariado por la noticia, el condenado solicitó reiteradamente que fuera ejecutado, ya que no concebía seguir viviendo después de lo que había hecho, ya que en el fondo se seguía viendo como una amenaza para la sociedad, tal como afirma en los últimos compases del filme. Tras la pregunta de Herralde: «¿La sociedad que crees que debe hacer contigo?», responde rotundamente: «Pues pegarse un tiro, porque lo único que me tiene la sociedad es miedo».

Después de esta sentencia final, Cerveto mira desafiante a la cámara, exhortando a los espectadores para que sean conscientes del peligro que entraña su presencia una vez que salga de prisión, la mirada de un depredador que mira tras su jaula un futuro oscuro e incierto. Un plano enigmático y amenazante con el que termina una cinta que se acabaría convirtiendo en obra de culto, un true crime polémico e irrepetible, que ahondó de una manera descarnada en la naturaleza humana.

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

Puedes ver El asesino de Pedralbes online aquí.

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