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El año del descubrimiento: los sueños recurrentes
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Una vez que estamos despiertos, los sueños nos suelen durar poco en la memoria. Walter Benjamin decía que era mejor contarlos después de desayunar para explicarlos mejor, pero las investigaciones demuestran que lo más probable es que se nos olviden antes de ponernos el café. Lo mejor para acordarse de ellos es que el sueño se repita varias veces. La fundamental película El año del descubrimiento empieza precisamente con alguien que cuenta uno de estos sueños recurrentes y acaba con otra persona diferente contando otro.

¿Por qué empieza y acaba así el filme de Luis López Carrasco (El futuro)? Se pueden entender estos sueños muy intencionados viendo el resto de la película, en prospectiva y en retrospectiva: López Carrasco y Raúl Liarte (coguionista de la película y protagonista de uno de los sueños) nos dicen que los sueños que nos persiguen no son sólo una expresión de nuestro subsconciente individual, sino que forman parte de un inconsciente colectivo de experiencias comunes, que también nos influencia y nos explica.



El de los sueños es uno de los ejemplos más simbólicos de por qué esta película es tan buena. El año del descubrimiento aprovecha la oportunidad cinematográfica de expresar y colocar vivencias dispersas y estancas en una gran memoria compartida. Da el espacio y el tiempo de escuchar muchas experiencias, incluso las que hemos vivido solo en nuestra cabeza, y conectarlas para al final, ya despiertos, entender un poco mejor esas emociones y explicaciones que nos damos en común. Y todo desde ese gran ágora-diván de psicológo cotidiano: el bar.

Para llegar a este psiconálisis tirando hacia lo junguiano, El año del descubrimiento se centra claramente (con su irónico título, sus intertítulos e imágenes de archivo) en un momento concreto de la historia de España: mientras el país mostraba hacia fuera una imagen de modernidad y de homologación a Europa con la organización de los Juegos Olímpicos o la EXPO, por dentro se estaba produciendo una desindustrialización del páis que provocó la perdida de miles de puestos de trabajos. El mayor y desconocido símbolo de este proceso y de la película es la quema de la Asamblea regional de Murcia a partir de los disturbios causados por el cierre de empresas industriales de la zona.

Este es el pivote sobre el que El año del descubrimiento pinta un gran fresco de algunos de los problemas sociales, laborales y económicos que ha sufrido el pueblo español a lo largo de nuestra historia reciente. Uno que se extiende desde el principio del franquismo hasta acabar vinculándose con las emociones provocadas por la crisis del 2008 y que explica incluso, antes de que ocurriera, la que ya está aquí con la pandemia. Las conversaciones guíadas por López Carrasco o Liarte van tocando distintas generaciones, épocas y momentos a través de las caras y las voces de la gente que las vive.

Lo mejor de esta película es que su propuesta desarma automáticamente cualquier intento de desmontarla, de criticar los vacios o argumentos de los hasta 45 protagonistas que la pueblan. Más allá de que es legítimo discutir lo que dicen estas personas, la película transmite una sensación unitaria de que sus razonamientos, sus lecturas o sus experiencias están pegadas directamente a los que las han vivido, a la razón directa que da lo que ocurrió en esa familia o en ese puesto de trabajo. No hay un momento con, por ejemplo, un político o un empresario que nos saque de esa suspensión temporal. No hay intención de sacar el «otro lado» que pueda romper su intención radical de hablarnos en el lenguaje pegado al suelo de los de abajo.

La apuesta formal de la película es un ejemplo más de que el «qué» y el «cómo» pueden fundirse entre ellos cuando se toma este camino. Primero, desde el montaje: la gran labor de selección, colocación y ensamblaje de cada momento, de cada palabra en concreto, se nota meditada y con una intención de extraer mensajes concretos de todos ellos. Todo separado por tres partes que se entienden diferentes pero que conforman un todo realmente compacto. La sensación es que no falta y no sobra nada, pese a que la película dura más de tres horas y sea inevitable pensar en todo lo que se habrá quedado fuera del archivo final (V. Final_De_Verdad_De_La_Buena.mp4).

Menos en los dos sueños, centrados en medio de la oscuridad tras una pantalla en negro, Carrasco usa la pantalla partida en todo el filme. Pone así a dialogar, enriquecer, ambientar o contextualizar cada imagen -y también cada sonido, que nos guían y concentran en las conversaciones-. Haciéndolo, además, parece ser consciente de que puede satisfacer nuestra atención más inmediata jugando con ella y fijándola en lo que quiere, como si conociera bien la dispersa atención de nuestro tiempo, acostumbrada a escapar a través de los estímulos digitales en pantallas.

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Se ha venido diciendo estos días que El año del descubrimiento es la mejor película española del año, la más importante de la década, el culmen del cine español de la democracia. Más allá de la tendencia a la hipérbole a la que acostumbramos en los medios (muchas veces casi obligada para poder competir por la atención de los lectores), esta coincidencia abrumadora sobre lo grande que es esta película es indicativo de algo más: El año del descubrimiento es importante también porque se cree que lo es, porque no esconde que quiere serlo.

Hacía falta una película así en España, con esa capacidad de sacudirnos, de hablarnos a todos desde la pura radicalidad. Nos hemos acostumbrado demasiado a construir un cine social y político que casi tiene que pedir perdón por querer tratar según qué temas, lo que termina por hacer las propuestas más inocuas, anecdóticas o acomadadas. El año del descubrimiento quiere ir a lo grande y destruye en cada segundo los prejuicios que podamos tener ante esa ambición y esa audacia. Consigue explicarse desde lo humilde, lo pequeño; desde un gesto en la barra, una calada de un cigarro o dos sueños recurrentes.

 

Arturo Tena (@artena_)

El año del descubrimiento se ha podido ver online en L’Alernativa Fest (pronto habrá más sesiones) y está en los cines. 

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