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La matanza de Puerto Hurraco, tragedia griega en ‘El 7º día’
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Hace 30 años, la noche del 26 de agosto de 1990, tuvo lugar el crimen de Puerto Hurraco, uno de los sucesos más siniestros de la crónica negra española. En pleno proceso de modernización de un país que parecía que definitivamente remontaba el vuelo después de décadas bajo la sombra alargada de una guerra y una dictadura que lo sumiría en el ostracismo internacional y el retraso social y cultural, inesperadamente, reaparecieron los fantasmas de la violencia desmedida en esa noche donde los hermanos Izquierdo sesgaron la vida de 9 personas y dejaron un reguero de heridos en un acto de venganza ciega, aunque premeditada, en una pequeña y alejada pedanía de la provincia de Badajoz.

Catorce años después de este suceso, que conmocionó al país y cuyo proceso judicial se alargó durante años, Carlos Saura llevó a la gran pantalla el conflicto de tintes shakesperianos entre los Izquierdos y los Cabanillas en El 7º día (2004), una película que ahonda en los entresijos que desencadenaron uno de los episodios más escabrosos de nuestra historia reciente.

 

Puerto Hurraco: un lugar indeterminado para una historia universal

Durante el siglo XX  la literatura y el cine habían contribuido a asentar en el imaginario colectivo una imagen de Extremadura como cuna del caciquismo y las desigualdades sociales. Con una economía eminentemente agraria y un subdesarrollo industrial crónico, películas como Las Hurdes, tierra sin pan (Luis Buñuel, 1933) o novelas como La familia de Pascual Duarte (Camilo José Cela, 1944) o Los santos inocentes  (Miguel Delibes, 1981), y sus respectivas adaptaciones cinematográficas, habían asociado a la región con la pobreza y el primitivismo cultural. La matanza de Puerto Hurraco contribuyó sobremanera a perpetuar el lado más oscuro de una región totalmente desconocida para muchos.

Con la intención de darle un enfoque universal, Carlos Saura sitúa la trama de El 7º día en un lugar indeterminado de la geografía española. Aunque el suceso tuvo lugar en plena comarca de la Serena extremeña, la película se rodó en tres localidades de la provincia de Segovia (Vegas de Matute, Zarzuela del Monte y Otero de los Herreros), pueblos con una fisionomía tan común en tantas partes del país. En ningún momento se nombra el nombre del pueblo y la mezcolanza de acentos de sus habitantes parece sugerirnos que los acontecimientos que nos relata podrían haber acaecido en cualquier lugar de Andalucía, Castilla o la propia Extremadura. Regiones todas ellas donde abundan esos pequeños pueblos alejados de grandes núcleos urbanos donde las cosas difícilmente se olvidan, tal como nos aclara la protagonista.

Ese contexto no es otro que el hoy se ha venido a llamar la «España vaciada», esa que la componen cientos de localidades que sufren de manera crónica el abandono institucional, localidades encerradas en sí mismas donde los fantasmas del pasado resurgen constantemente, y que van muriendo al ritmo que lo hacen sus habitantes. Ya desde los títulos de crédito se nos retrata la zona geográfica donde se desenvuelven los acontecimientos. A través de bellas postales en blanco y negro, se nos presentan vastos terrenos donde echamos en falta la presencia humana. Acompañada del sonido de la guitarra española, nos va introduciendo en esa tierra baldía, donde la muerte sobrevuela amenazante y de la cual los más jóvenes quieren escapar a toda costa.

 

Una tragedia griega en la España profunda

Para construir la trama, el guionista de El 7º día, Ray Loriga, tuvo muy en cuenta la historia original. Con un ritmo narrativo ágil y un metraje escueto, el escritor y director consigue resumirnos aquellos acontecimientos más importantes que durante 30 años hicieron que se gestase la masacre. Para ello se sirve de la figura de la narradora, Isabel Jiménez (Yolanda Cobo), superviviente de la matanza, que va construyendo la historia desde la lucidez que aporta el paso del tiempo. Isabel actúa como una especie de coro característico del teatro griego, ya que con sus monólogos ayuda al espectador a hacer más comprensibles esos sucesos que, a veces, se nos va contando de una forma atropellada.

El personaje de Isabel se correspondería con el de María del Carmen del caso real, hija de Antonio Cabanillas, que tuvo la suerte de sobrevivir a la masacre, a diferencia de sus hermanas, al encontrarse esa noche en casa de su prima. De este modo, los hechos se contarán de una forma sesgada, desde la perspectiva de uno de los bandos, a los cuales se les cambia el apellido. En El 7º día los Izquierdos serán los Fuentes y los Cabanillas, los Jiménez.

Como sostiene Isabel Jiménez, “por increíble que parezca todo empezó por una historia de amor”. Una historia que pudo haber unido a ambas familias pero que terminó convirtiéndose en el germen de esos odios viscerales provocados por el deshonor, tras el abandono de Amadeo Jiménez (Juan Sanz) a  Luciana Fuentes (Lila Annechino) a las puertas del enlace. Todo ello, sumado a una disputa entre los límites de unas lindes, serán el desencadenante de un asesinato, el de Amadeo por parte de Jerónimo Fuentes (Ramón Fontseré), hermano de Luciana, que solo será el comienzo de una cadena de enfrentamientos alimentados por las sospechas y el odio. Denostados por el pueblo, los Fuentes se autoexiliarán a una población vecina, desde la cual irán alimentando esa sed de venganza que culminará en la más cruel de las tragedias.

Una vez aclarados los motivos de dicha rivalidad, en El 7º día se van superponiendo, a través de un montaje paralelo, el día a día de ambas familias durante el verano fatídico de la matanza. Por un lado, la vida afable de los Jiménez, que intentan solventar sus problemas económicos ante un futuro incierto, y, por el otro, la oscura existencia de los Fuentes, que arrastran ese halo de drama y maldición.

Hay que destacar al respecto la magistral interpretación de Juan Diego, José Luis Gómez, Victoria Abril y Ana Wagener dando vida a Antonio, Emilio, Luciana y Ángela respectivamente. Todo a su alrededor es de color del ocre de la tierra yerma y del negro del luto, una oscuridad solo rota por el blanco del vestido de novia de Luciana, metáfora de la inocencia perdida y origen de la locura provocada por un desamor de reminiscencias lorquinas. Esta estampa llenas de claroscuros recuerdan a las pinturas negras de Goya y al feísmo característico de la obra de José Gutiérrez-Solana, el mejor retratista de la España negra.

El elenco de esta película coral lo completan ciertos personajes grotescos, que ayudan a rebajar la tensión dramática que recorre toda la trama. Entre ellos, el enano cantante de ópera interpretado por el gran Emilio Gavira; el tonto del pueblo (Carlos Hipólito), personaje enigmático que sabe más de lo que dice y que será el que anuncie la matanza al grito de “¡qué vienen los lobos!”; por último, esas viejas cotillas de la plaza, que actúan como metáfora de las parcas que tejen el destino de un pueblo condenado irremediablemente a la desdicha.

En este sentido, al igual que en otras películas de Saura, El 7º día adquiere un claro carácter fatalista, tal como expresa Isabel en su narración: “Cuando una mira para atrás todo parecen señales y hasta las cosas más pequeñas tienen su sentido y se vuelven parte de la desgracia.” Uniendo todos estos elementos, Ray Loriga y Saura conforman una interesante tragedia griega en plena España profunda.

 

La cacería humana en nuestra conciencia

Como no podía ser de otra forma, la película culmina con la recreación de la masacre que Antonio y Emilio llevaron a cabo en la localidad que los vio nacer. Alentados por Luciana, con el pulso sereno y los bolsillos cargados de cartuchos, los dos hermanos abatieron a todo aquel que se encontraron a su paso con sus escopetas de caza, entre ellos a las dos hijas pequeñas de Antonio Cabanillas, Antonia (Irene Escobar) y Encarnación (Alejandra Lozano).

Una cacería humana que guarda cierta relación con el clímax de otra de las películas más recordadas del director oscense, La caza (1966), aquella en la que un grupo de amigos ajustan cuentas por las viejas envidias y rencillas gestadas desde hace años. Como sostenía uno de los personajes de aquella película con la que Saura se alzó con el León de Plata a la mejor dirección en el Festival de Berlín, “la mejor caza es la del hombre”.

Como esos cazadores furtivos que se alían con la oscuridad de la noche, cual alimañas en busca de su presa, los Izquierdo/Fuentes ejecutan una venganza contra ese pueblo que los denostó. Como banda sonora de la matanza, firmada por Roque Baños, Saura escoge de nuevo el flamenco (un leitmotiv en la última parte de su carrera), en un quejío de dolor y lamento que aporta a las brutales imágenes de El 7º día una mayor fuerza y dramatismo. Una orgía descarnada de violencia que durante años resonó en la conciencia de los españoles, abriendo antiguas heridas y reviviendo viejos fantasmas.

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

Puedes ver ‘El 7º día’ online aquí, en la plataforma Flixolé

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