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Dolor y gloria: hacer las paces con uno mismo
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Pedro Almodóvar cumplirá 40 años como director de cine el año que viene. Pepi, Luci, Bom y las otras chicas se convertirán definitivamente en señoras mayores en 2020. Hace diez años, en vísperas del 30 aniversario, el manchego también estrenó película. Se llamaba Los abrazos rotos (2009), y contaba la historia de un director de cine retirado con cuentas pendientes con su pasado. Un punto de partida similar al de Dolor y gloria. En las dos películas, Almodóvar se mira a sí mismo desde el retrovisor para avanzar en su cine. Pero lo hace de manera diferente de una década a otra. Y ahora lo hace mejor.

En aquella película, protagonizada por Lluís Homar, Almodóvar se autohomenajeó e incluyó muchos de los elementos de sus películas en un gran contenedor melodramático. El resultado fue brillante por momentos, pero perdió el foco de su historia principal mientras se ensimismaba y se exageraba en sus filias. Lo bueno es que en Dolor y gloria, siendo aún más autobiográfica que Los abrazos rotos, esto no pasa. Aquí la vida se mira con contención y nostalgia mientras se concentra todo en una sola mirada y en unos recuerdos concretos, los del cineasta Salvador Mallo (Antonio Banderas).

Quizá la película que vemos hoy sea la manera de Almodóvar de hacer las paces con aquello que no funcionó del todo en Los abrazos rotos. Incluso parece que el personaje de Asier Etxeandía en Dolor y gloria, un actor con el que Mallo deja de hablarse tras un conflicto entre los dos durante un rodaje, sea una forma de reconciliarse con la mala experiencia que tuvo con Lluis Homar hace diez años. Según contó el propio actor en sus memorias, Almodóvar no estaba del todo contento con su interpretación y eso afectó a su relación.

Pero esto va más allá de una película en concreto; Dolor y gloria es hacer las paces consigo mismo y con todo su mundo cinematográfico. De la mano de un Banderas que deja su mirada impetuosa para abrazar una afectada y consciente, Almodóvar es capaz de simplificarse y atenuarse lo justo para ir directo hacia su memoria y ser capaz de dialogar con ella. Esta vez no necesita de grandes revelaciones dramáticas ni de giros argumentales, típicos de su estilo más barroco; le basta con construir con paciencia uno de los mejores personajes de su filmografía, un director que se ve física y mentalmente sobrepasado por lo que ha sido su vida.

La historia se desenrolla a fuego lento, manteniendo ese tono general tranquilo pese al in crescendo de la intensidad emocional. Esto provoca que los primeros compases de la película se noten como un calentamiento demasiado estirado en algunas escenas, en las que se repiten ciertos patrones del Mallo cansado y deprimido. Aun así, cuando se despliegan las consecuencias y el desarrollo psicológico de Salvador, cualquier falta de dinamismo cobra sentido en sus penetrantes diálogos.

En el avance dramático son centrales las apariciones de tres personajes: el ya mencionado de Asier Exteandía, el que interpreta Leonardo Sbaraglia y el de la recuperada y fantástica Julieta Serrano. Especialmente a través de estos dos últimos se inician procesos psicológicos diferentes, muy bien trazados por contraste, en el personaje de Mallo. El significado de estas figuras acaba desembocando en un impulso primario, donde Almodóvar da un significado final al cine en el que cree y en el que se sigue buscando.

A nivel formal, se reconoce la marca registrada de la estética almodovariana (colores vivos, luz limpia, montaje sencillo, equilibrio de planos…), pero en esta ocasión también se aligera su carga a favor de lo que se está contando, que, como decimos, recoge un perfil más bajo. Una buena mezcla con el fondo para una puesta en escena adaptada al material, algo que el director siempre ha dominado cuando ha sabido exactamente qué quería contar.

El enorme trabajo de promoción de esta película, que la prensa de cine empezó y que el público ha terminado de rematar yendo al cine a verla, le ha dado el aura de evento. Ya no hay duda de que ese fenómeno está provocado por algo tangible. Por buen cine. Dolor y gloria es una inspirada y directa terapia en dos conceptos de Almodóvar para decirnos que sí, que la vida a veces duele, pero que de la cueva del recuerdo puede aparecer la reconciliación y la inspiración que nos haga lidiar con lo que nos angustia, y convertir toda esa emoción en verdad.

 

Arturo Tena (@artena_)

 

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