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Madrid, interior: Sinfonía de una ciudad en confinamiento
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En la década de los 20 y los 30 del siglo pasado, aupados por esos inquietos y renovadores movimientos vanguardistas, se puso de moda un interesante género cinematográfico que podríamos denominar como “sinfonías de ciudades”. Cercano al documental, aunque sin ajustarse a su estructura ni puesta en escena, las películas que se amoldaban a este género pretendían ser originales retratos de esas grandes y bulliciosas ciudades, paradigmas del progreso y las conquistas de la civilización occidental. De todas ellas podemos destacar Manhattan (Paul Strand y Charles Sheeler, 1921), Berlín, sinfonía de una ciudad (Walter Ruttmann, 1927), El hombre de la cámara (Dziga Vertov, 1929) o A propósito de Niza (Jean Vigo, 1930).

Justo un siglo después, todavía nos sorprende ver en la televisión o las redes sociales las calles semidesérticas de esas mismas ciudades que hace solo unos meses derrochaban dinamismo y vitalidad. Con la pandemia del Covid-19 el mundo parece haberse tomado un descanso, el ritmo vital se ha ralentizado y nuestra existencia se ha confinado al interior del hogar.

En un mundo donde ya no parece ciencia-ficción esa secuencia de Eduardo Noriega recorriendo solo la Gran Vía madrileña en Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997), el realizador Juan Cavestany decidió aportar su propia visión de una ciudad tantas veces retratada en el cine. Para ello contó con la inestimable ayuda de numerosos amigos que aceptaron el reto de rodar, cada uno desde la soledad del hogar, este retrato intimista de lo que ha supuesto el confinamiento por el coronavirus.

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Madrid, interior (2020) se presenta como el primer largometraje ideado, rodado y estrenado durante el confinamiento. Bajo el inesperado paraguas del diario El País, la película tiene en común algunas características con respecto a esas “sinfonías de ciudades” que comentábamos al comienzo. La película fue rodada sin guion por las personas que aparecen en ella o sus acompañantes, entre los días 24 de marzo y 24 de abril de 2020.

Sin una base argumental que la sustente, la cinta se arma a través de breves secuencias del interior del hogar, donde el ritmo lento e, incluso, la apatía terminan por envolver a los personajes. Dividido en tres capítulos, cada uno de ellos parece incidir en un sentimiento diferente, reflejo de ese vaivén emocional que ha supuesto el confinamiento: aburrimiento, euforia y esperanza.

Al igual que esas “sinfonías de ciudades clásicas», la obra de Cavestany carece prácticamente de diálogo, y los que aparecen son meramente anecdóticos. Madrid, interior pretende ser un ejercicio visual de la monotonía del día a día en una situación como la que nos ha tocado vivir en los últimos meses. Huyendo conscientemente de lo morboso y escabroso, pocas menciones se hacen al virus y sus estragos en la población.

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En este sentido se presenta el hogar como ese búnker de seguridad que nos ha aislado de la realidad que se vive en los hospitales o las residencias de ancianos. Ante la ausencia de diálogo, el sonido de lo cotidiano solo se rompe gracias a la música que algunos de los personajes tocan en soledad. La humilde banda sonora que hace más digerible esta particular sinfonía de una ciudad en confinamiento.

En este lento fluir de la vida cotidiana en el hogar nos sorprendemos con las dotes artísticas de José Coronado, confirmamos la fama de glotón de Pepón Nieto, asistimos al aburrimiento existencial de Coque Malla, conocemos las mascotas de Nathalie Seseña o nos relamemos con el jamón que Antonio de la Torre corta ante nuestras narices.

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Madrid, interior nace sin grades pretensiones y su valor es más bien testimonial. La capital de de España, uno de los epicentros de la pandemia, se presenta como una gran colmena, rememorando la novela de Camilo José Cela, en la que cada hogar representa una de las celdas que la conforman. Entre todos dan una visión coral de lo que ha supuesto estos meses de encierro, donde en más de una secuencia nos hemos visto identificado. Al igual que las “sinfonías de ciudades”, el protagonismo recae en lo colectivo y no en lo individual.

En este sentido, nos propone como moraleja la importancia que ha supuesto la responsabilidad y la disciplina que la mayoría de las personas han demostrado durante el confinamiento para que, por fin, revierta la situación en la que todavía nos encontramos.

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

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