Estás leyendo:
Por qué ‘El pionero’ no es la serie que Gil se merecía
5 min

 

El pionero es ya historia de la «televisión» en España. Ha sido nuestra primera serie original de HBO, su primer turno para jugar aquí una pequeña batalla en la gran guerra comercial que se viene por dominar el streaming mundial. La gran cadena de pago norteamericana ha abierto la veda española sin arriesgar mucho: pone los billetes en una serie documental, un formato que está funcionando muy bien en el nuevo consumo bajo demanda. El picante lo ponía en este caso el argumento; la turbulenta historia de Jesús Gil y Gil, una de las figuras empresariales, políticas y mediáticas más temibles -en todo los sentidos posibles- de los 90. Poca broma. Qué lástima que al final este gran potencial se haya quedado sin aprovechar en las casi cuatro horas de El pionero.

La miniserie lo tenía todo de cara. Enric Bach (director y coguionista) y Justin Webster (coguionista) habían llegado antes que nadie a una suculenta historia en un momento histórico en este país con importantes cuentas pendientes con esa época. Era un recuerdo reciente pero del que se tenía ya la suficiente distancia para contarlo bien. Bach y Webster habían elegido además un buen título interpretativo (El pionero) que apuntaba a sus interesantes conexiones con el presente, dando a atender, aunque sea vagamente, que ahí había mucha tela que cortar sobre sus reminiscencias y que iban a sorprender tomando caminos diferentes bajo el cómodo paraguas económico que había puesto HBO.

el-pionero-cine-con-ñ-2

No ha sido así: El pionero coge el atajo más sencillo. ¿Por qué? Vamos a compararla con El caso Alcàsser, la reciente serie de Netflix sobre el mediático asesinato de unas niñas valencianas en los 90 con la que, como bien apunta John Tones en Espinof, tiene una clara conexión temática. La de Netflix ha conseguido un éxito sin precedentes en España – o al menos en la España que vive en Internet- que HBO precisamente ha querido emular ahora con esta. La serie del crimen ha sido duramente criticada (con bastante razón) por su discurso de género impostado, por ensañarse con algunos de los responsables de la teoría de la conspiración sobre el caso, o por no criticar el papel de los aparatos del Estado. Pero en realidad es bastante más interesante como creación audiovisual y planteamiento que la que gira entorno al exalcalde de Marbella.

Los responsables de El caso Alcàsser, Elias León Siminiani y Ramón Campos, le dieron una dirección determinada a su serie a partir de todo el material que tenían. Sea este rumbo moralmente/ideológicamente cuestionable o no, utilizan el lenguaje audiovisual (tipos de plano, elementos en escena, colocación de la cámara, montaje…) para reflejar qué quieren contar. Y lo enseñan. Incluso te obligan a que te cuestiones cuáles son sus intenciones porque se colocan ellos también delante de la cámara, y puedes ver qué preguntas hacen y cómo interactúan. Siminiani es un director acostumbrado a trabajar así.

El pionero expone algunas preguntas o tesis, pero no termina de seguir ningún hilo, muy preocupada por no dejarse nada en el tintero. La serie se empeña en enseñar las múltiples caras de Gil, de ser justo por un lado y por otro. Que no se note demasiado el aspecto humano familiar, que no se quede sólo como un corrupto(r). Bach y Webster optan por mantener un eficaz pero cómodo sistema cronológico, de selección de archivo y de entrevistas -en la potente alineación de entrevistados, por otro lado, está uno de sus grandes méritos-. No hay una perspectiva concreta, sino un cúmulo de historias y anécdotas bien montadas a las que siempre se le puede añadir una imagen más de las cientos que nos dejó el expresidente del Atlético de Madrid.

El efecto de esta elección es que somos nosotros, los espectadores, los que cargamos con el peso de las conclusiones. De elegir con qué Gil nos quedamos -o de obligarnos a no quedarnos con ninguno, algo más discutible-. Una manera de entender el documental legítima: en ningún caso blanquea su figura sino que presenta un enfoque periodístico habitual, el de ofrecernos «todas las partes». Roza una equidistancia a veces molesta, dada la dimensión del personaje y de algunas sus tropelías sin contar, pero sabe caminar sobre el alambre sin caerse.

La sensación final, especialmente en los dos episodios finales, es que esta historia podría haber alzado el vuelo por encima del resto si hubiese ofrecido una lectura más concreta. No ha terminado de salir la gran serie documental que merecía un hombre de las características de Gil. El pionero es un trabajo que por sus mimbres (económicos y argumentales) merecía arriesgarse con algo que se saliese del retrato general de siempre. Nos quedamos con un resultado correcto, pero al uso, que es justo lo contrario a lo que fue él siempre. Con todo lo que están ofreciendo ahora las plataformas con las que compite HBO, sabe a poco.

 

Arturo Tena (@artena_)

Dejar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Input your search keywords and press Enter.