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Caronte: ¿Es posible la reinserción?
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Samuel Caronte es un expolicía con un pasado violento que fue condenado por un delito que no había cometido. En la cárcel estudió Derecho y consiguió demostrar su inocencia, saliendo libre y reconstruyendo su vida. Ahora se dedica a defender a quienes han sido, como él, acusados injustamente, mientras trata de destapar la corrupción policial que lo llevó a la cárcel en primer lugar.

Ligeros spoilers.

¿Es viable un procedimental de tribunales en España que resulte creíble y al mismo tiempo entretenido? Por una parte está la cuestión de que los juicios, por muy interesantes que parezcan sobre el papel o muy dramático o turbio que sea lo que deciden, vistos en directos son un soberano coñazo, y los que no, resultan sórdidos. Por otro, la ficción anglosajona nos ha colonizado el imaginario y el españolito medio no acaba de tener claro qué es eso de la instrucción o si lo lleva un juez o un fiscal.

Tom Cruise vociferando como un oligofrénico sobre un código rojo es una película, no algo que refleje la experiencia real en un tribunal de ningún hijo de vecino. Y si de repente la payasada la hace un señor que se llama Manolo y no Tom provoca una disonancia cognitiva que lleva al ictus o a la carcajada histérica.

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Caronte no se arriesga. Mezcla policial con judicial y juega al caso de la semana, aunque siempre se relaciona temáticamente con la trama general en la que el protagonista investiga la corrupción policial. No es The Good Fight ni pretende serlo. La política aparece de forma tangencial o en elipsis, los casos son variados pero sencillos y ninguno tiene recorrido. La serie se apoya en un protagonista carismático -a veces más por Roberto Álamo que por lo que diga el guion- y quiere ser didáctica pero sobre todo entretenida.

Eso sí, vemos vistas orales, instrucciones, juzgados de violencia de género, se nos deja clara la función diferenciada del fiscal y el juez de instrucción, lo difícil que es recusar a un juez o las complicaciones de los juicios paralelos. Aunque Caronte, que para algo fue policía, fuerce la máquina investigando por su cuenta e interrogando testigos rozando la legalidad para que a medio caso siempre haya un giro dramático. La prueba sorpresa. El testigo secreto.

 

Turno de oficio

Por los tiempos del gol de Maradona, cuando lo que hoy llamamos “vestirse de moderno” era comprar la ropa en la misma mercería que mi señora abuela, allá por 1986, en Televisión Española existió una serie que se llamaba Turno de Oficio y que era, con perdón, la puta hostia en verso.

Era otra tele, porque no es que no existiese Netflix, es que no existía ni Tele5. Era otro país, en el que los futbolistas iban al entrenamiento todos juntos compartiendo coche, Alfonso Rojo era un periodista respetable, Errejón estaba aprendiendo a ir al baño él solo y Rosalía ni había nacido. Por no decir otro planeta, porque las que aún existían eran la URSS, Checoslovaquia o Yugoslavia. Eso sí era socialcomunismo, prima, y no lo de ahora.

Turno de Oficio tenía un abogado veterano y cascado con mote a juego, El Chepa, con la cara y la voz de Juan Luis Galiardo, y un abogado joven y pijo que quería ser opositor pero acababa defendiendo yonquis al que daba vida Juan Echanove. Turno de Oficio olía a colillas y sillones de escai. Se metía de cabeza en el submundo de la droga de la época, aunque dentro de un orden. Era sórdida, pero no una película de Eloy de la Iglesia. El sistema judicial es tortuoso y la función de los buenos abogados y los buenos jueces es defender a los más débiles. Aunque a veces sea a costa de sí mismos.

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Fotograma de ‘Turno de Oficio’

Fue Historia de nuestra televisión aunque a uno le epate que todo el mundo fume tanto o que Galiardo te suelte en el primer capítulo un “a los opositores y a los bujarras se los reconoce por la cara que tienen”, así, sin anestesia ni nada. Turno de Oficio era didáctica, política, polémica y ambiciosa. Iba a degüello con algunos problemas de la época y, vista desde ahora, muestra a las claras otros que entonces no se percibían. Life on Mars.

Caronte ni es esto ni lo puede ser, pero al menos, un poco, lo intenta. De hecho Samuel y su socia Marta, que suelen hacerse cargo de casos del turno de oficio que otros dan por perdidos, son un veterano más quemado que la pipa de Hiawatta con un estricto sentido de la justicia y una novata de buena familia que sabe desenvolverse en los pasillos mejor que él.

Pero las formas son diferentes. Aunque Caronte no sea una serie de los 90 iluminada con los focos del Bernabéu, publicidad de Pascual y la Juani haciendo gracietas de fondo. Aunque huela a café torrefacto, asfalto y extrarradio. Es más POP, más estilizada, porque su ambición es menor o de otro tipo. Caronte tiene un villano que le dice al héroe “tú y yo no somos tan diferentes” -también porque cualquier cosa que diga Carlos Hipólito queda creíble- y un final feliz. No quiere hablar de quinquis sino de cómo ser un buen padre.

 

Los locos años 2000

Allá por 2001 llegó Abogados, de BocaABoca, que se pegó una linda leche en Tele5, emitiendo apenas 5 capítulos de los 11 que se grabaron. Fue quizás una serie a destiempo, que tenía como referente a El Abogado más que a Ally McBeal. De estas dos, ambas creadas por David E Kelley, en nuestro país la primera se emitía en Canal+, donde de audiencia ni fú ni fá, y la segunda en la misma Tele5, donde arrasaba. No te digo ná, pero te lo digo tó.

Abogados llegaba con el chiste ya hecho de las series “de profesiones” propias de la ficción española de la época -como la mítica Periodistas, que el que suscribe sabe que alguna maestra Jedi del gremio, entonces en El País, quedaba con los colegas para jalear los editoriales de final de capítulo como si fuesen goles de Mijatovic-. Era ambiciosa pero lenta y densa para lo que se entendía entonces que debía ser la televisión en España. Y el caso de la semana no acabó de funcionar, aunque se puso esfuerzo en que en cada uno hubiese una estrella invitada, empezando por Ángela Molina.

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‘The Practice’, que es la serie gringa en que ‘Abogados’ copi… se inspiraba porque la española se pegó tal hostia que ni imágenes sin pixelar encuentras de ella

En 2008 llegaron Globomedia y Antena 3 con Lex y ustedes, queridas lectoras, queridos lectores, saben que uno quiere ser un crítico de La Nueva Sinceridad, y ser tierno y hablar en bonito, pero aquello no lo salvaban ni Javier Cámara y Nathalie Poza. Se vendía como Shark versión española, que ya suena mal, pero en realidad plag…, digoooo, se inspiraba mucho más en Nip/Tuck. Las “jugadas” del “genial” abogado que interpretaba Cámara eran, nunca mejor dicho, de juzgado de guardia.

Fue un intento de hacer “una de abogados” espectacularizada y culebronesca. No funcionó. No por poco creíble, sino porque era un mojón, aunque la intención fuese buena. Entre otras cosas, porque tomó de sus referentes yanquis la superficie pero no quiso despendolarse como aquellos. Robarle id…, digoooo, perdón, basarse en Shark y Nip/Tuck y que la serie quede sosa tiene hasta mérito.

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Cartel promocional de ‘Lex’

Caronte no es ni tanto ni tan calvo -chistaco-. Sus juzgados son más creíbles que los de Lex, sus abogados tienen reacciones propias de personas normales y cuando al protagonista le da por ponerse intensito en la sala las juezas tardan poco en ponerlo firme. Aunque se fuerce la máquina, uno sin saber mucho de leyes se puede imaginar que el personaje de Álamo en la vida real tardaría 6 ó 7 capítulos en acabar inhabilitado mientras que el de Cámara en el piloto ya estaría, más que sin trabajo, ingresado en el frenopático.

Por otra parte no tiene tantas ganas de meterse en los dilemas morales de Abogados o de los referentes de esta. Como decía más arriba, esto no es de The Good Fight. Aunque en Caronte se reflejen el juicio de La Manada o los CIE, aunque en un par de ocasiones defiendan a inocentes que resultan ser culpables -y si la serie llega a quedarse con el tono de ese par de capítulos quizás estaríamos hablando de otra cosa ahora mismo- los buenos son buenos, los malos son malos. La corrupción policial y judicial que combate Samuel Caronte es muy genérica y puntual, no generalizada, y se vence por la vía de la legalidad y el respeto al sistema.

 

Caronte: otros señoros son posibles

Pero ojo. Y aquí está quizás la clave en la representación de lo que vemos que hace a la serie interesante. El sistema funciona porque busca la reinserción. Caronte podría haber sido una serie sobre la redención, aunque se deje claro que el protagonista no podrá deshacer sus errores familiares, por ejemplo. Pero va sobre la reinserción, que es algo diferente. Menos moral y más ético. Menos individual y más social.

La idea de que el sistema judicial existe para proteger al inocente y no para castigar al culpable está ahí, pero sobre todo se nos habla de cómo las medidas punitivas sólo tienen sentido si sirven para que funcionemos mejor como sociedad. Caronte es una serie que habla de cómo la reinserción no sólo es posible sino el objetivo deseable en cualquier Estado de Derecho. Es un policial en el que la gente da explicaciones de por qué tiene un arma y la única aceptable es tener licencia. En el que cuando encuentras datos sensibles denuncias que quien los filtra incumple la Ley de Protección de Datos.

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E incluso se permite hablar de que hay vida más allá de la masculinidad tóxica. Samuel era un duro de manual, pero ahora llora delante de su hijo y pide ayuda a su familia cuando se encuentra perdido. No es el malote que en el fondo es buenote. Él ya ha pasado eso, ya se ha revisado y ha optado por formas de cuidar y proteger mejores que las que había aprendido. Necesita a su socia más joven. Se muestra vulnerable con su exmujer y con su nueva novia. Aunque sigue teniendo accesos de ira que se esfuerza por controlar. Aunque luche contra una depresión sin tratar. Aunque quizás nunca se cure del todo. Sabe que no debe ser nunca más como era.

No me entiendan mal. Samuel Caronte está tan cerca de ser Mahatma Gandhi como Cristiano Ronaldo de ganar el Nobel de Medicina. Aunque es un abogado capaz al que vemos citar la Ley de Enjuiciamiento Criminal de memoria y que sabe negociar con los jueces, se lía a hostias en cuanto le tocan las palmas. Muchas veces obtiene la información que busca usando la violencia. Incluso defendiendo a otros personajes sobre el papel más débiles -mujeres o niños- es presentado, al final, como un héroe clásico. El retrato global del mismo es más complejo y tiene la intención de buscar algo diferente a lo habitual, pero estos ticks se conservan. También es que si no, no hay acción, y hay que aprovechar la, digamos, contundente presencia física de Álamo.caronte-serie

Lo principal es que, aunque Caronte no vaya a aparecer en ninguna lista de las mejores series del año, pone el nivel mínimo de nuestra ficción en una serie sobre policías y abogados donde el tema principal es la reinserción, que intenta reflejar con veracidad el mundo de los tribunales y en la que se condena explícitamente el modelo de héroe mazas. Y eso, miren, qué quieren que les diga, no está nada mal.

 

Jose A. Cano (@caniferus)

 

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