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Cien años de perdón: intento fallido de narrativa hollywoodiense
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Ya desde el primer plano de la película queda claro qué estamos viendo: un intento de imitación de narrativa hollywoodiense. Cien años de perdón reproduce en todas las disciplinas a los grandes thrillers del cine americano sin lograr estar a la altura.

El guion no llega (especialmente a nivel de diálogos, más propios de un estudiante de primero de guion); algunas interpretaciones son sencillamente penosas (¿quién contrató a esa actriz para directora del banco?); los planos de efectos parecen sacados de videojuegos (esos planos de Valencia desde el cielo lluvioso); los personajes están impostados y son estereotípicos y del mismo estilo que los estadounidenses (como el de Raúl Arévalo o Coronado). Valía más la pena que se hubiese explotado la identidad española que intentar emular una totalmente ajena al principal espectador que va a acudir a las salas: el español.

Un ejemplo de buen thriller que bebe de la cultura española (sin por ello ser casposo) es La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014). En Cien años de perdón lo único genuino es el personaje del Uruguayo (bien trabajado por Rodrigo de la Serna) porque incluso los argentinos parecen parodias de sí mismos. Por eso hay un gran error de montaje (y de dirección): acabar la película con Luis Tosar. Por decirlo rápido: a nadie le importa Tosar, se trata de un secundario (de lujo, eso sí) toda la película, el auténtico protagonista es y será el Uruguayo.

El plano anterior, en el que se despiden del metro, encaja a la perfección para para concluir pero se va más allá y se incluye una coda pretendidamente espectacular que sólo busca rimar con el inicio pero ensucia el cierre. Volviendo al Uruguayo, ese es el personaje con el que el espectador se ha identificado verdaderamente, es el más rico en matices y el mejor interpretado, por eso el final, que estaba dejando buen sabor de boca, se desinfla de golpe.

Otro elemento exasperante de la película está en el banal retrato de la estupidez de un personaje, una ruptura de tono que tiene lugar en varios momentos y abarata sin motivo el thriller en favor de una comedia paupérrima. Da la sensación de que el guionista haya sentido una gran inseguridad y necesite dejar bien claro que este personaje no tiene muchas. Tiene lugar por tanto un gran error de integración narrativa: es esencial contar que este personaje es tonto por lo que hará más tarde, pero está tan absolutamente descolgado de la película que parece encajado a la fuerza. La solución podría haber sido integrar la estupidez del personaje en otras secuencias de la película, sembrarlo poco a poco, pero durante más tiempo.

En general Cien años de perdón es una película que se deja ver, es entretenida y a nivel narrativo está bien llevada, aunque hay que creerse demasiadas cosas para poder disfrutarla y puede llevar al espectador a la desesperación por su empeño en emular un estilo de thriller, el norteamericano, al que no sabe cómo llegar en ningún aspecto.

 

Marco Barada (@MarcoBarada)

Texto publicado originalmente en La Verdad Extática.

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