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El ciclo sobre la corrupción en el cine y las series españolas
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“Encajo en una maquinaria que lleva funcionando desde los tiempos de mi abuelo”. Así resume lo que hace Manuel López Vidal, el político corrupto interpretado por Antonio de la Torre en la reciente El reino. La película de Rodrigo Sorogoyen consolidó con premios el año pasado el espacio propio de esa “maquinaria” llamada corrupción dentro de nuestra ficción reciente. En los últimos ocho años, se han acumulado las series y películas que tratan este asunto de frente y no sólo de decorado fondo; hablando de sistemas organizados y no de algunas manzanas podridas, algo sin precedentes en la joven historia del cine español.

En realidad, la corrupción ha estado siempre en nuestras pantallas desde que llegó la democracia -veladamente, “desde los tiempos de mi abuelo”-, aunque de forma bastante intermitente y colateral. Uno de los grandes de nuestra cinematografía, Luis García Berlanga, retrató con humor el podrido tráfico de influencias durante los últimos coletazos del franquismo en La escopeta nacional (1978), y lo actualizó para satirizar los escándalos de los últimos gobiernos de Felipe González en Todos a la cárcel (1993).

Fotograma de ‘Todos a la cárcel’

Otros destacados directores españoles también trataron el tema con su particular punto de vista: la degradación moral de la sociedad española en El crack (1981), de José Luis Garci, la especulación inmobiliaria durante los gobiernos del PSOE y PP en Huevos de oro (1993), de Bigas Luna, o los tentáculos de esa burbuja en La caja 507 (2002), de Enrique Urbizu, que introduce el tema dentro del formato del thriller, género que la vincula directamente con otras producciones posteriores.

De la anécdota al problema nacional

Pero más allá de estos ejemplos puntuales directos, la corrupción no se había tratado de forma continuada, simplemente, porque antes importaba poco. El arte y la ficción son siempre – o deberían serlo- reflejo de la sociedad en la que se desarrollan, y la percepción extendida de que la corrupción es un mal del que tenemos que ocuparnos es relativamente reciente en España.

En 2009, ya con el Caso Malaya haciendo un ruido importante en los medios, los datos del CIS señalaban que únicamente el 0,4% de los encuestados lo colocaban entre los 3 principales problemas del país. Este número empezó a ir en aumento a partir del 2011 (estallido del movimiento 15-M) y terminó por dispararse en 2013 con los papeles de Bárcenas.

Desde entonces hasta hoy (últimos datos, septiembre 2018), por lo menos 1 de cada 4 españoles (el pico fue en noviembre de 2014, 63,8%) lo coloca entre los 3 principales temas a solucionar. La corrupción pasó de ser una anécdota, un -a veces- mal necesario para que todo funcionase, a algo inaceptable en el contexto de una grave crisis económica asolando el país.

La inauguración de Crematorio y el impacto de Alberto Rodríguez

Precisamente de 2011 es la primera ficción que inauguró este ciclo en el que nos encontramos: Crematorio. Basada en la novela homónima de Rafael Chirbes, esta serie fue pionera para Canal + (ahora Movistar +) por ser su primera serie original española y porque puso el foco, por primera vez de forma tan profunda y pegada a realidad, en la connivencia entre el poder público y el privado en la creación de la burbuja inmobiliaria. La historia de cómo se corrompió e hizo fortuna Rubén Bertomeu (un genial Pepe Sancho que también interpreta a un corrupto en Cuéntame), un empresario de éxito en el litoral valenciano, detalla bien ese tipo de tratos y funcionamientos sin cariturizarlos.

crematorio-cine-con-ñPepe Sancho, en un fotograma de ‘Crematorio’

Un año después, un director andaluz empezó a repasar la historia de España con la corrupción: Alberto Rodríguez. En Grupo 7 no era ya sólo la corrupción policial, motivo muy -pero muy- común dentro de nuestro cine, sino también los tentáculos institucionales que se tocaban en Sevilla con motivo de la EXPO del 92. Rodríguez siguió profundizando con La isla mínima (2014) en los pactos oscuros de la Transición entre franquistas y los nuevos demócratas para proteger a los patrones, pasando por encima incluso de los peores crímenes.

El mismo año en el que La isla mínima manchaba el pacto entre españoles también se producía un reflejo cinematográfico por el otro lado, el de los ciudadanos. El hartazgo social creciente con la corrupción se extendió rápidamente a una clase política y económica percibida como privilegiada, corrompida y culpable de la crisis. En 2014 se produjo, como decíamos, el momento más alto de indignación al respecto, según los datos del CIS. Dos películas de ese año son paradigmáticas en este sentido: Justi&Cia y Murieron por encima de sus posibilidades, dos películas sobre individuos que deciden rebelarse y repartir justicia a los culpables ante la incapacidad de las instituciones de ofrecer una respuesta a la gente.

B, políticos reales en pantalla

La primera película que se atrevió a retratar la corrupción en la ficción de forma directa fue (2015). Este proyecto independiente, financiado principalmente a través de una campaña de crowdfunding, recoge la declaración del extesorero del PP, Luis Bárcenas, frente al juez Ruz en julio de 2013, el día que cambió su declaración. Basada en una obra de teatro, los juegos psicológicos y morales hacen de esta película un espejo doloroso sobre la financiación irregular del PP, aunque reflejan una cierta fe en el funcionamiento de la justicia.

Pedro Casablanc, en un fotograma de ‘B’

Alberto Rodríguez volvía a agitar el avispero en 2016 tratando un famosísimo caso concreto de corrupción de los 90: el de Luis Roldán (El hombre de las mil caras). Esta vez, se trataba del funcionamiento de las cloacas del Estado y sus tentáculos, que llegaban  -con una referencia muy directa- hasta el ministro del Interior del momento. Los trucos del ex agente secreto Francisco Paesa nos acercan al funcionamiento mafioso de las estructuras de presión que se mueven en la sombra, siempre con la complicidad del poder. También es del mismo año Cien años de perdón, un thriller -el género favorito para tratar la corrupción – en el que se ven cristalinas las tramas que salpican de arriba a abajo a todo el mundo, sin saber bien de quién es la culpa.

La última producción de Alberto Rodríguez, La peste (2017), se va hasta la Sevilla del siglo XV para hablarnos también de la España corrupta de hoy. El propio director ha declarado que la investigación de Mateo Nuñez en la serie de Movistar + entre tabernas, palacios y ratas es una “metáfora sobre la crisis y la corrupción”. Este otoño se estrenará la segunda temporada, que volverá a contar el dominio de las instituciones por parte de una mafia.

Y llegamos hasta El reinoun preciso retrato de la corrupción desde dentro en forma, otra vez, de thriller. Esta película va detrás de los frenéticos pasos de Antonio de la Torre, un político que es muchos reales al mismo tiempo, para reflejar hasta qué punto todo el sistema puede estar podrido. Una de las novedades más interesantes que introduce el filme de Sorogoyen es la variante de la corrupción en los medios de comunicación. Mediante las redes de sus dueños, el filme cuestiona el papel que juegan los encargados de, supuestamente, destaparlo todo para que el público conozca o no estas tramas. Como dicen en la película, el poder protege al poder.

 

Arturo Tena (@artena_)

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