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Casi 40 (2018)
4 min

 

 

La juventud y la vejez son las etapas vitales más tratadas en la historia del cine. Tiene su lógica; difícil resistirse al atractivo del principio y la poesía del final de nuestra existencia. Se han hecho grandes cosas con ese material. Pero es curioso que no se hayan hecho tantas películas centradas en esa difícil etapa ‘in medias res’ que es la llegada a los 40. Es verdad que no hay bonitos descubrimientos ni revelaciones crepusculares, pero es decisiva. A algunos les llega la famosa crisis de los 40 porque ese suele ser un momento en el que muchos se paran y miran atrás: dejas de ser joven sin ser aún viejo, confirmas planes para toda la vida o te das cuenta que no cumpliste con las expectativas que tenías cuando tenías 20. Decepciones, satisfacciones, balances y miedos. Casi 40, la agradable nueva película de David Trueba, busca retratar esa época a través de dos buenos personajes que comparten una memoria, pero que tienen distintos caminos recorridos y por recorrer.

Trueba se centra en la gira de conciertos por España que Tristán (Fernando Ramallo), un vendedor de productos cosméticos, le prepara a su amor de juventud y amiga Lucía (Lucía Jiménez), una cantante de éxito semiretirada. Casi 40 es un viaje de unos días por carreteras, librerías, canciones y hoteles.

El director lo fía casi todo a las conversaciones que mantienen sus dos protagonistas a lo largo de esa ruta, que son los mismos que creó para su primera película, La buena vida. Esta estructura concreta hace que el peso y la suerte de Casi 40 recaigan principalmente en el guion. En su estructura e ideas, Trueba va sereno y con decisión. Transmite con acierto la idiosincrasia de Lucía y Tristán en ese momento de sus vidas, manejando con inteligencia los tiempos para que sus mensajes vayan calando a través de la comunicación que mantienen y las cosas que les pasan.

El problema de la película está en los diálogos, un problema sensible al ser su principal materia prima. Hay algunos que fluyen por su inteligencia y gracia; otros son demasiado artificiales, forzados y literarios. Gran parte del problema aquí está en un Fernando Ramallo que es capaz de proporcionar extrañeza general a la soledad que siente su personaje, pero que no sabe cómo hacer suyas algunas palabras que pone Trueba en su boca. Lucía Jiménez es mucho más ágil a la hora de reinterpretar lo que pide cada conversación y moverse en los distintos estados de ánimo, acercamiento y reflexión que van surgiendo en el tour.

En una obra de Fernando Fernán Gómez llamada El mar y el tiempo (1989), una de las películas más importantes de la última fase de la carrera del ya fallecido actor y director, el maravilloso personaje de Rafael Aparicio dice que contra el tiempo nadie puede nada. Que el tiempo se puede estirar como un chicle, pero que al final termina rompiéndose. Ya no se puede seguir el camino, se cae uno a un precipicio, dice. Parece como si David Trueba, lo más parecido a Fernán Gómez que tenemos hoy en España por tipos de actividad y relevancia, hubiese querido homenajear esta frase de su admirado maestro en Casi 40. Cuando llegas a un determinado momento de tu vida, cuando llegas a los 40, es mejor abrirse paso entre decepciones y aceptar que ese pasado del que sigues enganchado ya no volverá. Esta sencilla película generacional es, pese a sus defectos, una bonita manera de decírnoslo.

 

Arturo Tena @artena_

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