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Campanadas a muerto: la inactividad acaba en exaltación violenta
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Campanadas a muerto: la inactividad acaba en exaltación violenta

La película de Imanol Rayo trata con inteligencia a un espectador que acepte llegar a un pacto con el hieratismo de la trama y la calma de la narración

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Campanadas a muerto (Hil Kanpaiak) supone la segunda incursión en el largometraje de Imanol Rayo tras rodar en 2011 Dos hermanos (Bi anai). Ambos trabajos suponen adaptaciones cinematográficas de novelas previas. Esta película se encarga de trasladar a imágenes la obra de Miren Gorrotxategi 33 ezkil. El resultado, que ha podido ser visto en varios festivales, nos presenta un entorno opresivo y enfermo en el que lo que no se dice, las heridas del pasado y ciertos secretos enterrados salen a floten tras el hallazgo de los huesos de un cadáver en el huerto de Fermín, el dueño del baserri (caserío) Garizmendi.

El cine vasco goza de una buena salud, como prueban, además de este estreno, cintas tan laureadas como Loreak (2014) y Handia (2017) o producciones muy recientes como Akelarre o Enjambre. Gracias a ello, Campanadas a muerto está poblada por un casting más que interesante, en el que caras como las de Eneko Sagardoy (ganador de un Goya y ahora mismo en el candelero por Patria), Itsaso Arana (protagonista absoluta de La virgen de agosto) o Itziar Ituño (además de aparecer en La casa de papel, era una de las protagonistas de la mencionada Loreak) son también conocidas por un público más mayoritario. Joxean Bengoetxea o un clásico como Kándido Uranga también forman parte del casting.


Sin que esto suponga una apreciación con tono absoluto, la forma de “tragedia clásica” de Campanada a muerto parece estar en sintonía con una serie de constantes que ya hemos visto en otros títulos que nos llegan de Euskadi: desde que Medem puso una de las “piedras fundacionales” de una parte importante de la imaginería del cine vasco con Vacas (1992), las tramas con ambiente rural, contexto sombrío y/o opresivo, secretos ocultos en las familias y conflicto agresivo que rompe décadas de incomunicación parecen formar parte de la columna vertebral de una parte importante de esta filmografía.

 

Dejando de lado la temática política (que en series como Patria o La línea invisible también muestran cómo el conflicto se vive especialmente en la familia), la propia Vacas ya mostraba a dos linajes -los Mendiluze y los Irigibel- enfrentados, con rencillas que se extendían durante generaciones. Otro autor significativo del contexto vasco-navarro (director asimismo de una piedra fundacional de este cine, Tasio [1984]), Montxo Armendáriz, también hablaba de lo “que callamos” en Secretos del corazón (1997). Y llegó a estar nominado al Oscar.

 Existen unos elementos y una manera de ser que marcan un relato con puntos en común con una dinámica más general. Los huesos -como punto de giro pero también alegoría de un pasado que, aunque casi desaparecido, todavía colea- inician una trama en Campanadas a muerto en la que el personaje de Néstor (Eneko Sagardoy) empezará a cuestionarse su forma de actuar y la manera en que los cabos sueltos de su familia vuelven a atarse. La relación con su -fallecido- hermano gemelo, el pasado de su madre con el (amoral) personaje que interpreta Asier Hernández, cuál es la identidad del cadáver,… serán los temas sobre los que planeará la narrativa.

La intervención de la Ertzaintza a través de la figura de Yon González (actor que también gozó de notable popularidad con la serie El internado) dota de más aristas a este relato poliédrico en el que hasta el papel de la Iglesia es puesto en tela de juicio. Para terminar con los recursos narrativos, es curiosa la alternancia de tiempos a lo largo del metraje. Imanol Rayo es lo suficientemente habilidoso como para, sin apenas marcar estas transiciones -nada de rótulos ni elementos expresivos por montaje-, hacer que el espectador implicado no se pierda. Al igual que en El topo (2011) Tomas Alfredson notificaba el paso de una época a otra a través de la simple presencia de unas gafas en el vestuario de Gary Oldman, Rayo se abona a esta sutileza con el look de la barba o el afeitado de Eneko Sagardoy.


En lo referido a la puesta en escena, el director recurre a encuadres muy estéticos (podría recordarnos a la reciente Una ventana al mar), en los que la fidelidad al trípode y al plano fijo son señas de identidad del film. El ritmo también es pausado, creando una densidad que te puede llegar a poner en el lugar de desesperación de los personajes. Con estos códigos tan “cerrados”, el fuera de campo se convierte en un recurso esencial dentro del lenguaje cinematográfico (como en una secuencia hacia el final con Eneko, Asier y Yon González).

A través del simbolismo -el film se inicio con un primer plano de un gallo, animal que sufrirá una “evolución” a lo largo de la trama-, la película también diserta entre aquellas dos eternas clases de personas: los cobardes (de ahí la alegoría) y los bravucones, cada uno con sus demonios personales. El hecho de que los personajes de Eneko y su hermano sean gemelos incide todavía más en este dualidad, siendo el físico idéntico. Este tema -con su particular ambiente rural- lleva incluso a pensar, viendo el desarrollo de la trama, en un “Perros de paja a la vasca”, donde la inactividad acaba convirtiéndose en una exaltación violenta.

Campanadas a muerto (Hil Kanpaiak) no es una película fácil, aunque tampoco creo que fuese su interés. Trata con inteligencia a un espectador que acepte llegar a un pacto con el hieratismo de la trama y la calma de la narración desde un inicio, consiguiendo no caer en el típico thriller contemporáneo (del que nos podemos hacer una gran idea si pensamos en la trilogía del Baztan, la cual vuelve a compartir bastantes de las constantes del cine vasco). Aún así, su frialdad ha sido un impedimento significativo para poder valorarla en mejores términos.

 

Jorge Dolz (@J_Dolz)

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