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Buñuel en el laberinto de las tortugas: viaje a alguna parte
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En los últimos años de su vida, Luis Buñuel sorteaba el aburrimiento y la soledad escribiendo en un cuaderno los nombres de sus amigos desaparecidos. Lo llamaba El libro de los muertos. Según cuenta en sus memorias (Mi último suspiro), hojeaba con bastante frecuencia los centenares de nombres de aquellas personas con los que había tenido, «aunque fuera solo una vez,un verdadero contacto humano». Aunque no lo dice explícitamente en su libro, es imposible que en esa «lista familiar» no estuviese el también maño y artista Ramón Acín. El multifacético amigo del director de cine es uno de los protagonistas reales llevado ahora a ficción animada en esta obra de artesanía llamada Buñuel en el laberinto de las tortugas, una película con distintas capas que conectan bien entre ellas.

Una de ellas es precisamente la que recoge la relación entre Buñuel y este pintor anarquista, que pivota alrededor del making of del documental Las Hurdes (Tierra sin pan). Acín le prometió al director que si ganaba la lotería le pagaba la película, y cumplió. Con 20.000 pesetas se convirtió en el -único- productor del proyecto, y fue con Buñuel hasta Extremadura para rodarlo, convencido de que había que denunciar la durísima situación de muchos españoles en el campo. A través de Acín, asesinado en 1936 por el bando franquista sin haber visto un duro de la película, se revela el complicado genio artístico y personal de Buñuel, y se saca un retrato incómodo sobre el valor ético, político y artístico de una obra como esa, y en aquella época. La fuerza melancólica y contradictoria de esta amistad y, sobre todo, lo que se deriva de ella, es uno de los mejores activos de la película.

El director de Buñuel en el laberinto de las tortugas, Salvador Simó Busom, se atreve también a ir más allá y explora las vicisitudes biográficas y el interior de la psicología de Buñuel. Cineasta reverenciado y mitificado, la película es capaz tanto de tocar la figura de su padre, introducir elementos oníricos y retratar su difícil personalidad. Todo sin desconectarse del hilo de Las Hurdes, que es su historia principal. Esta mezcla de psicología individual e hilo narrativo general es más ganadora cuando menos la exterioriza directamente el protagonista. Resulta especialmente atractiva de esta manera como experiencia cinéfila, pero es también una composición argumental innovadora y estimulante dentro de la animación española, normalmente bastante más lineal.

Atenta a retratar la mentalidad burguesa de la época, Buñuel en el laberinto de las tortugas es también un riguroso repaso historiográfico de la Europa de los años 30 sin necesidad de enfatizarlo como telón de fondo. Se nota aquí un sutil trabajo de documentación previo, donde no se ha querido rehuir ni del clasismo ni del machismo abrumador de aquellos tiempos. Ejemplo del respeto a la historia y a las fuentes es también la introducción de fotogramas originales del rodaje de Las Hurdes, que se entremezclan con las imágenes animadas de forma acertada y sorprendente. En general, el gran pero a la película puede estar, en cambio, en el trabajo general de animación. Poco fluido, aquí es donde se nota más la falta de recursos de una película hecha con un tercio del presupuesto con el que se suele trabajar en un sector tan costoso como el animado.

Luis Buñuel es uno de los protagonistas más especiales y complejos de la historia del cine español. Reacio en general a explicarse demasiado, fue primero Fermín Solís, autor del cómic original, y ahora Salvador Simó -y Eligio R. Montero, el otro guionista- los que se asoman a su figura en forma de ficción, diferente y romantizada, sobre un proceso vital muy concreto. Buñuel en el laberinto de las tortugas resuelve con dignidad y cierta valentía los diferentes elementos que pone encima de la mesa. Este nuevo viaje a Las Hurdes vale la pena.

Arturo Tena (@artena_)

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