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Blackwood (2018)
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Trabajar por encargo no tiene, en principio, nada de malo. En Europa en general y en España en particular, hay una cierta tendencia a valorar a priori con cierta distancia y superioridad intelectual  –sobre todo desde la crítica/cinefilia– el cine que no venga con un sello personal muy definido (la famosa dupla dirección + guion firmada por la misma persona). La tradición norteamericana del cine como oficio heredada del sistema de estudios no casa del todo bien con la huella autoral con la que muchas veces se identifica lo audiovisual a este lado del Atlántico. Diferentes industrias y sistemas de producción.

El caso de la carrera de Rodrigo Cortés es un buen ejemplo de que se pueden hacer las cosas mejor (Buried) o peor (Blackwood) sin que el proyecto sea totalmente tuyo. La clave del triunfo como creador está en cómo tratas el material con el que tienes que trabajar para que consiga los equilibrios necesarios: integrarlo dentro de tu manera de entender el cine y, al mismo tiempo, satisfacer las demandas de los que te han pedido ese producto. Cortés consiguió en Buried concentrar distintos recursos que resolvían bien la mezcla de preciso artefacto estilístico y entretenimiento abierto al público. Recibió un molde muy especial, y consiguió un resultado que era capaz de enganchar al espectador proponiendo distintos retos, aunque fuese dentro de viejas fórmulas. Blackwood, en cambio, se recrea en las dinámicas del terror y lo fantástico sin el margen suficiente para desarrollar elementos que la hagan escapar de lo rutinario.

A nivel formal y de ejecución, pocos peros se le pueden poner a Cortés. Controla la historia de una adolescente (AnnaSophia Robb) que llega a un internado donde empiezan a suceder cosas extrañas; se sirve bien del espacio y alimenta las fases por las que pasa la narración sin precipitarse, tocando las teclas en el momento justo. Además, se hace notar discretamente en su uso de la imagen (la luz y la oscuridad), el ritmo (se agradece que el que haya metido la tijera haya sido él) y la dirección de las actrices (las jóvenes están bien y Uma Thurman se contiene lo suficiente pese al acento francés).

Pero donde sí hay que exigirle al salmantino, que, según él, ha tenido libertad para hacerse con el material, y donde no se eleva, es en algunos planteamientos cinematográficos que a él le interesaban: los retos de la adolescencia, la importancia de la familia, el papel del artista o el valor del talento. Ahí es donde podía salir de la mecánica y hacer brillar otros aspectos de la narración planteándolos a su manera. Sin embargo, todo se ve arrollado por las dinámicas internas de un guion que no deja el espacio suficiente para dejar respirar estas cuestiones, que están esbozadas y no tratadas, arrolladas por las fases de las convenciones del género en las que sí se recrea.

Rodrigo Cortés es, desde hace 20 años, una pieza valiosa dentro del ecosistema cinematográfico español. Tiene todas las cualidades necesarias para hacer grandes cosas: talento, ingenio, visibilidad y seguridad en su manera de hacer cine. Es por eso que, tras el ligero paso atrás que significó Luces rojas en sus pretensiones más personales, debe volver a confiar en su capacidad para ir un poco más allá de lo que un productor tiene en su cabeza. Huir de su racionalidad cinéfila y, si la industria lo permite, llevar sus ideas hacia contextos más propicios para su progreso.

Arturo Tena (@artena_)

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