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El poder global de las grandes corporaciones, a ritmo de thriller en ‘Black Beach’
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El poder global de las grandes corporaciones, a ritmo de thriller en ‘Black Beach’

Esteban Crespo firma su segunda película, una trama de secuestros con intereses económicos y políticos protagonizada por Raúl Arévalo y Candela Peña

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Black Beach existe ahí fuera. Conocida también como Playa Negra, es una cárcel ecuatoguineana cerca del mar y con fama de maltratar a sus reclusos. Esteban Crespo, director de Black Beach, coge prestado el nombre de ese lugar para construir su segunda película: un thriller de secuestros con Rául Arévalo y Candela Peña en el que apunta a una sociedad pisoteada por los intereses de las grandes corporaciones.

En Black Beach todo empieza y acaba en Carlos (Arévalo), un ejecutivo a punto de ser padre que busca un ansiado ascenso en un país africano donde se le ha encomendado la misión de resolver un secuestro. Aquí descubrirá sucesos vinculados a su pasado y a la trama económica y política que envuelve al caso. «Las capas principales de la película son la historia emotiva, personal y familiar, y luego la política, que tiene que ver con el gran dominio de las grandes empresas sobre los ciudadanos y los países», explica Crespo a Cine con Ñ.

La película presenta un país africano ficticio gobernado por una élite corrupta a merced del corporativismo. Aunque Guinea Ecuatorial puede parecer la obvia inspiración por la referencia a Playa Negra, Crespo asegura que la trama de la película es ficticia y que el problema de las imposiciones empresariales, la lucha por los recursos y sus duras consecuencias ocurren en todo el mundo. «No hay que irse muy lejos: esto se puede extrapolar también a España o al resto del mundo», asegura el cineasta, «los intereses económicos, que entran también en contradicción con intereses personales, están por todas partes».

Aunque Black Beach señala directamente a las grandes empresas que compran gobiernos y extraen recursos sin importarles cómo ni dónde, Crespo aclara que quiere huir de la caricatura malvada de los empresarios: «En las compañías de ese nivel trabajan personas que muchas veces simplemente no son conscientes de las consecuencias que tienen sus acciones. Cuando entras en una dinámica de trabajo y de competitividad tan extrema como las que tienen ellos, no pasar ciertos límites es muy difícil».

Además de los gobiernos y las empresas, en Black Beach también entran en escena organizaciones internacionales y ONGs, que cumplen un papel difícil en estos contextos económicos y sociales. «Estas organizaciones hacen un bien, con personas que lo necesitan. Su intención es buena y hacen lo que pueden. Pero si haces un estudio y vas a ver a dónde se destinan los recursos de cada país para cooperación y van a aquellos lugares donde tienen intereses económicos«.

Ante la ley del mercado, Crespo apunta a la importancia de establecer unos límites para proteger a los ciudadanos y a las instituciones de estas dinámicas, que asegura que siempre tienen alguna repercusión. «El verdadero drama es que todo pueda ser una mercancía. Tenemos que luchar juntos para que no sea así: hacen falta políticas fuertes, leyes, normativas o lo que haga falta para que haya un control, para que haya repercusiones luego», dice el director.

El envoltorio elegido para esta historia, donde Carlos se enfrenta también a circunstancias que le tocan emocionalmente, es el thriller. Un género que una vez más sirve a los cineastas españoles como lienzo atractivo sobre el que pintar sus inquietudes. «Me encanta el thriller también porque, como la comedia, te permite ser muy cañero en los temas que tratas. Es esa estructura divertida, que engancha, la que te arrastra hacia adelante», concluye Crespo. Black Beach se estrena en cines el 25 de septiembre.

 

Arturo Tena (@artena_)

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