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Hartarse de ver a Tom Hanks: la paradoja espacio-temporal de ‘Big Big Big’
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Big Big Big presenta a su pareja de directores, Carmen Haro y Miguel Rodríguez, visionando 30 veces seguidas Big, de Penny Marshall, el éxito de taquilla de 1988. Los cineastas se grabaron mientras veían una y otra vez la película. Si venían de visita familiares o amigos, los sentaban a verla con ellos y luego los grababan comentándola. El resultado es un ¿documental? ¿una comedia? ¿un filme experimental? de poco más de una hora en el que acaba surgiendo todo tipo de análisis alrededor de un comedia con más de 30 años y en principio inofensiva, sencilla y familiar.

Parece un reto de un periódico de los que sobreviven a base de virales, del tipo «me pase 24 horas en foros de extremo centro», pero es un experimento sobre la exposición a la cultura popular que nos ofrece desde el análisis más ligero, que anima a disfrutar de Big como un divertimento más, hasta los destripes con lecturas ideológicas más inmisericordes.

Aunque ver a dos personas mirando una pantalla durante horas no suene atractivo, Big big big se hace extrañamente entretenida a los pocos minutos y consigue rápido la complicidad del espectador. Pese a ser una película aparentemente muy subjetiva, en realidad nunca oímos opinar a la pareja protagonista, Haro y Rodríguez, que se cuidan mucho de explicar si Big les gusta o no mientras dejan a sus seres queridos expresarse sobre ella.

 

Cuando haces POP y no hay stop

Penny Marshall, directora de ‘Big’.

Penny Marshall, directora de Big y también de Jumpin’ Jack Flash, Despertares o La mujer del predicador, falleció en 2018. La verdad es que apenas es mencionada en Big Big Big. Empezó su carrera en EEUU como actriz de comedias televisivas y luego, ya más consolidada y famosa, se divirtió con pequeños cameos, como el que la llevó 2006 a aparecer brevemente en un episodio de Bones. El popular procedimental estaba basado en la vida y las novelas de Kathy Reichs, cuyo alter ego en la ficción era Temperance Brennan, prima hermana en el presunto Asperger de Sheldon Cooper de The Big Bang Theory.

(Tengan paciencia, esto viene a cuento).

En su cameo Penny Marshall se interpreta a sí misma en el doble juego de ser la directora de las películas que adaptan los libros que escribe Brennan reflejando su experiencia como forense, que son un guiño a las novelas en que se basa la serie a partir de la vida de la autora y también forense Reichs. Cuando le preguntan a Brennan que opina del cine de Marshall, responde: «Me gustó mucho el reflejo en su obra de la paradoja espacio-temporal». Marshall la mira perpleja y luego sonríe divertida -no sabemos si actuando o la otra actriz metió una morcilla que la pilló desprevenida de verdad- y luego dice: «Ah. Big«.

Durante el metraje de Big Big Big no se llega a explicitar por qué esta película y no cualquier otra, pero la respuesta se desliza en las respuestas de parte de los participantes: ya la han visto, pero se les mezcla con otras muy parecidas. Es una de esas películas tontorronas de sábado por la tarde que todos creemos sabernos. Por eso nos acaba sorprendiendo descubrir, como le ocurre a un par de las invitadas, que existe un final alternativo en el que el personaje Elizabeth Perkins se convierte en adolescente. «No, no, no», responden ellas, indignadas, «eso tira por tierra todo el personaje de Susan».

También porque su contenido aparentemente tierno encierra todo tipo de lecturas que van surgiendo durante el metraje, que también se beneficia de que el entorno de los protagonistas sea relativamente cinéfilo y vaya con el cuchillo entre los dientes a sacar punta a lo que ve. Pederastia, pacifismo, turbocapitalismo, machismo, falocentrismo… Las amigas de Haro y Rodríguez no dejan frame sin acuchillar y el espectador que se creía familiar con la película se divierte escandalizándose y dándoles la razón.

 

Neoliberalismo cuquibig-big-big-pequeña-cine-con-ñ

De hecho una de las amigas de la pareja da con una clave digna de Slavoj Zizek y que, vista en perspectiva, deja con el culo torcido al espectador medio mucho más que «la paradoja espacio-temporal» de Bones: Tom Hanks bailando con el presidente de la compañía sobre el piano gigante es el paso del capitalismo al neoliberalismo. «Es Bill Gates. Es el CEO simpático, que ya no es rancio, que te pone una piscina de bolas en la oficina para que te guste tu trabajo».

En Big Big Big Asistimos a como Haro y Rodríguez ven la película de todas las maneras posibles, ella cambiando de posturas en el sofá, él sin modificar la suya a pesar del paso de los días ni variar la cara de póker excepto cuando alguna visita los hace redescubrirla. Los veremos en el esperable momento, después de más de 15 visionados, en el que repiten la letra de una de las canciones de la película de memoria. Y también cuando, inevitablemente, cedan.

Como en una variante cinéfila -o más bien cinéfaga- de Supersize me, el psicólogo de Haro le recomendará abandonar y ella lo contará para la cámara. «Mejor parar ya. El objetivo era cansarnos y lo hemos conseguido». Donde Morgan Spurlock puso en riesgo su salud coronaria a base de hamburguesas, Carmen Haro roza la depresión de tanto ver a Tom Hanks pasar de hombre a niño y viceversa una y otra vez. Porque hasta la escena «tan supertierna que la odias» del piano puede hastiar vista 30 veces.

La selección de comentaristas alternativas a las dos directoras tiene el sesgo de tratarse de sus familiares y amigos cercanos, así que hay un corte de edad. Sería curioso añadir la reacción de alguien mucho más joven, que se haya educado en otro tipo de cine y no expuesto a comedias del estilo de las de Marshall y otros directores de su época una y otra vez repetidas esos sábados por la tarde previos a Netflix en los que en la sobremesa se veía «lo que echasen en la tele».

Quizás ahí esté la gracia. En, como dice otro de los sesudos colegas de las directoras en la historia de la cultura POP que se despliega ante nosotros sin que lo esperemos, ese juego con la producción y la satisfacción del deseo. El arma de doble filo de una película que parece solo una tontería simpática para pasar el rato pero puede leerse igual como una defensa de la mujer empoderada que busca un hombre que la vea como una igual o la del macho peterpanesco que busca una madre subsidiaria.

En fin. La paradoja espacio-temporal.

 

Jose A Cano (@caniferus)

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