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Berlanga desencadenado: la trilogía nacional contra todos
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Berlanga desencadenado: la trilogía nacional contra todos

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Es habitual encontrar el nombre de Berlanga en esta época de redes sociales. Generalmente comentando una noticia o declaración con frases como “Esto no se le habría ocurrido ni a Berlanga”, “cómo se lo estaría pasando Berlanga”,… de alguna manera hemos decidido que es uno de los creadores que mejor ha entendido a España y sus gentes. Nuestro presente ya le queda lejos al maestro, que nos dejó en 2010. Pero sí que le pilló de lleno la Transición, otro tema habitual de los últimos años para explicarnos la actualidad. Y ahí entra en juego la trilogía nacional de Berlanga: La escopeta nacional (1978), Patrimonio nacional (1981) y Nacional III (1982).

En este trío mítico de películas, el director valenciano, con Rafael Azcona en el guion, disecciona la España posterior a la muerte de Franco a través de una familia de nobles, los Leguineche. Liberado ya de la censura, en lo político y en lo sexual, encontramos al Berlanga más desatado, contra todo y contra todos, sin perder ni por un segundo la socarronería pero también ese profundo humanismo de base que hace que en el fondo queramos a todas sus impresentables criaturas.

La trilogía se abre con La escopeta nacional, en la que un industrial catalán, interpretado por José Sazatornil, organiza una cacería en la finca del marqués de Leguineche para reunir a políticos y empresarios influyentes e intentar vender su patente de porteros automáticos. Como no podía ser de otra manera su proyecto no sale de la forma planeada, regalándonos sus imprevistos una serie de escenas hilarantes protagonizadas por una serie de personajes a cada cual más excéntrico. El éxito de esta primera entrega, vista por más de dos millones de personas, motivó su ampliación a trilogía.

Fotograma de ‘La escopeta nacional’

Centrada ya plenamente en la figura del marqués de Leguineche y su hijo, Patrimonio nacional inicia con el regreso de la familia a Madrid, de donde se habían exiliado voluntariamente durante el franquismo al ser monárquicos. Instalados de nuevo en su palacio -el céntrico Palacio de Linares en el que actualmente tiene su sede la Casa de América y al que acompaña una misteriosa leyenda- intentarán recuperar, por supuesto sin éxito, su lugar privilegiado en la sociedad. Así que en Nacional III el plan será irse del país llevándose consigo su patrimonio, una práctica que en la actualidad se sigue dando, solo que de forma más sofisticada.

El patentado estilo de Berlanga, a estas alturas ya muy entrenado, encaja a la perfección en estas películas corales con escenas llenas de gente y voces. El valenciano era uno de los mejores consiguiendo ordenar en un mismo plano lo que en otras manos habría sido un caos, y en la trilogía nacional lo vuelve a demostrar. Este virtuosismo formal alcanza su cima técnica en la escena de la estación en Nacional III, con dos largos planos secuencia que llevan a un escayolado José Luis López Vázquez desde el vestíbulo hasta el vagón de tren.

Un dispositivo de estas características permite volar a un reparto de primer nivel, en el que encontramos a algunos de los mejores interpretes de comedia de nuestro cine, como Luis Ciges, Chus Lampreave o Agustín González (José Sazatornil, Rafael Alonso, Antonio Ferrandis o Mónica Randall aparecen solo en la primera entrega). El gran José Luis López Vázquez, uno de los habituales del director valenciano, es el hijo del marqués y comparte infeliz matrimonio con una divertida y versátil Amparo Soler Leal.

Fotograma de ‘Nacional III’

Pero por encima del resto está Luis Escobar. Su incontenible verborrea en la trilogía nacional de Berlanga es solo comparable a sus expresiones y gestos, capaces de detener una escena que él mismo ha revolucionado segundos antes. En cierto sentido llevaba toda la vida preparándose para el papel: autor y director teatral, en la vida real era él mismo marqués, más en concreto marqués de las Marismas del Guadalquivir. Debutó en el cine en La escopeta nacional e inició una carrera en la gran pantalla que sería intensa hasta su muerte en 1991 (con Berlanga repetiría, además de en las dos siguientes entregas de la trilogía nacional, en Moros y cristianos).

Después de mostrar -y ridiculizar- cómo la nueva España posterior al franquismo concentraría su poder en la banca y en la política más que en la aristocracia, a Berlanga todavía le quedaba medirse con el hecho fundamental de nuestra historia reciente, la Guerra Civil, en La vaquilla. Todavía volvería a repetir el modelo de La escopeta nacional en Todos a la cárcel, en este caso centrándose en la corrupción de inicios de los 90. Aunque con peores resultados -fue su primera película sin Azcona en el guion desde Plácido, y se nota- consiguió su único Goya a la mejor dirección (no hay que olvidar que los cabezones se empezaron a entregar en 1987).

Berlanga dirigió su última película, París-Tomboctú, ya alejada temáticamente de la realidad española, en 1999. Azcona, por su parte, siguió explorando nuestra historia reciente con otros directores (con Carlos Saura en ¡Ay, Carmela!, con Fernando Trueba en Belle epoque, con José Luis Cuerda en La lengua de las mariposas…). Una de las parejas mejores avenidas de la historia del cine que, si bien seguramente alcanzó su cota artística en otros trabajos, en la trilogía nacional mostró un gran talento para la evaluación de su momento histórico. La pregunta ahora es en quién pensaremos al recordar los años del cambio de siglo y de milenio en el cine.

 

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

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