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B, la película: Cuando Bárcenas habló por primera vez
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B, la película: Cuando Bárcenas habló por primera vez

El juicio de la Caja B vuelve a poner de actualidad la película de David Ilundain, que en última instancia solo ha sido una más del subgénero sobre la corrupción en los últimos años

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B de Bárcenas y B de Caja B. Y regresamos a B, la película (2015), que además ahora tendrá una «secuela», Estado B, de nuevo obra de teatro en el Teatro del Barrio de Madrid, con los mismos actores y los mismos personajes -Manolo Solo el juez Ruz, Pedro Casablanc como Luis Bárcenas-. La cinta de David Ilundain de 2015 vuelve a estar de actualidad gracias al juicio por las obras de la sede del Partido Popular en la calle Génova, quien sabe si con una entrega más en preparación que cierre la trilogía si la defensa del extesorero consigue el solicitado careo con Mariano Rajoy.



El filme, como la obra de teatro en la que se basa, parte de una base muy arriesgada: guionizar una declaración judicial. A pesar de lo que los dramaticen el cine y las series, los trámites en los juzgados suelen ser lentos, aburridos y, hasta cierto punto, predecibles. Lo son, además, a propósito, porque es de lo que se trata, de que ciertas cosas se resuelvan hablando y no abriéndose la cabeza.

Aunque ambos textos cambian de orden algunos fragmentos para ayudar a su presentación dramática, digamos, la tensión de las declaraciones del extesorero del PP transmite la suficiente fuerza al conjunto como pasa sostener sus 80 minutos. La capacidad de la ficción, aunque en este caso llamarla así fuerce la definición, para convertir en conocimiento popular aquello que refleja se ha demostrado una vez más en algo que se hace evidente estos días: Luis Bárcenas ya lo advirtió. Que su mujer fuese a la cárcel era la línea roja.

 

B de Bárcenas no es un documentalBárcenas

Claro, existe el riesgo también de confundir B, la película, con un documental. En la actuación de Pedro Casablanc son determinantes las medias sonrisas, los silencios y la entonación, igual que en la de Manolo Solo la absoluta falta de expresión. Cuando, incluso si viésemos las grabaciones de dicha sesión, es imposible que dichas expresiones coincidan con las que imprimió Luis Bárcenas a su declaración. Y en cualquier caso, carecen de valor judicial, que hablamos de meter a gente en la cárcel y de criminalizar a un partido de Gobierno.

El personaje de Bárcenas, además, se ha convertido en un icono de la cultura popular española, un cruce entre supervillano y tipo con el que se empatiza, quintaesencia de la corrupción. Podemos detectarlo en uno de los presos del traslado de Bajocero y en el villano que interpreta Francesc Orella en El Ministerio del Tiempo, ese Alberto Díaz Bueno que lo mismo fomenta los chanchullos en la época de Carlos V que durante la Guerra Civil.

Los cuadernos de Bárcenas están muy presentes también en El reino, de Rodrigo Sorogoyen, que mezcla elementos del caso Gürtel con el caso ERE pero convierte los papeles de un contable sobre en teoría secundario en la última esperanza del personaje de Antonio de la Torre de, al menos, «morir matando», llevándose con él a sus rivales políticos.

 

La delgada línea azulpolémica-con-antidisturbios

El enfoque de El reino, eso sí, es menos frío y más moralizante que el de B, la película, que de últimas retrata al extesorero como a un ser humano y se confía con optimismo a la impasibilidad técnica y funcionaral del juez Ruz. No, El reino juzga explícitamente a su protagonista y está empañado de pesimismo antropológico. Desde el juego corrupto, dentro de su estándar, de la periodista trasunto de Ana Pastor que encarna Bárbara Lennie hasta el paisano que sisa la vuelta en el bar, donde parece darle la razón a Celia Villalobos con aquello de que si usted o yo pudiésemos también robaríamos.

Sorogoyen se redime levemente en Antidisturbios, donde se agarra al Caso Villarejo -mucho mejor villano el excomisario que Bárcenas, donde va a parar- para presentarnos a unos, muy poquitos, policías honrados que son capaces de combatir la corrupción aún a costa de sus propias familias. Nos deja claro que todo tiene un precio pero al menos no nos da la matraca con que la culpa también es nuestra. Si un día la agente Urquijo se encuentra con un juez Ruz ficticio, algo podrán hacer.



Sorogoyen, junto al equipo que forma con Isabel Peña y Eduardo Villanueva, se ha constituido en el gran narrador de los años de la corrupción, aunque realmente el cine español nunca ha dejado de tratarla. Lo atestiguan, por ejemplo, las filmografías de Enrique Urbizu o Alberto Rodríguez. Pero también cintas de francotiradoras solitarias, como Patricia Ferreira con El alquimista impaciente o Antonio Hernández con Lisboa, que quizás optaron por formato de thriller demasiado convencional.

Si nos remontamos, la primera gran producción que aborda el saqueo de lo público de manera consciente y explícita, más allá de Urbizu como voz que grita en el desierto con La caja 507 en 2002 y algunos episodios de la serie de Pepe Carvalho, fue Crematorio. En 2011 la adaptación de la novela de Rafael Chirbes eligió retratar al empresario, es decir, al corruptor, invisibilizando a los políticos, a la inversa de como suele ocurrir informativamente en casos como el de la Caja B… o en alguna película como El reino.

 

Uno contra todos, todos contra unoB, la película: Cuando Bárcenas habló por primera vez

Pero lo más reseñable sería como se ha ido perdiendo la estilización, a estilo de Los Soprano o incluso The Wire, que se le daba al hecho en sí de la corrupción. Los personajes de Pepe Sancho y Alicia Borrachera en Crematorio aún son elegantes y sofisticados, y sus cuitas familiares se consideran como relevantes para la trama, aunque se condenen sus acciones. Los jueces aparecen como intachables, mecánicos y casi sin nombre.

Sin embargo las últimas iteraciones, que serían las ya mencionadas Antidisturbios y, muy lateralmente porque juega a otra cosa diferente, Bajocero hablan de un sistema podrido rozando la antipolítica. Aquí se nos plantea la doble función de la ficción y el periodismo cuando se superponen, que es la creación de la imagen que como sociedad tenemos de nosotros mismos. Si nos creemos más parecidos al protagonista de El reino o a la agente Urquijo. Si pensamos que Bárcenas es un síntoma o la enfermedad. Y si queremos sentarnos en su silla o en la de Ruz.

Para ello no estaría de más fijarnos en la breve pero notable filmografía del director de B, la película. David Ilundain solo tiene dos largometrajes como director y el segundo vuelve a estar basado en hechos reales: Uno para todos. La cara B y la cara A de la maquinaria del Estado. La Educación Pública, tan ausente de la ficción, como espacio de solidaridad y crecimiento incluso en los rincones más olvidados de la España vaciada. Es decir, frente a los corruptos que parasitan el sistema, los funcionarios honrados y vocacionales que lo sostienen.

 

Jose A Cano (@caniferus)

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