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Aurora Rodríguez Carballeira: versiones cinematográficas de la madre de Frankenstein
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Recientemente, gracias a la novela de Almudena Grandes, La madre de Frankenstein (Tusquets, 2020), ha vuelto a salir a la palestra uno de esos nombres que siempre estarán asociados irremisiblemente a la historia de la crónica negra española. Nos referimos a Aurora Rodríguez Carballeira, probablemente la filicida más famosa de nuestro país.

Dentro de sus Episodios de una Guerra Interminable, la escritora madrileña recupera la figura de una de las personalidades más enigmáticas de la historia de la criminología patria, para armar, según ella, “una novela de ficción construida sobre hechos reales”. La finalidad es humanizar a una mujer que, a pesar del atroz crimen cometido, fue cayendo en el olvido durante las primeras décadas del régimen franquista hasta terminar desvaneciéndose su nombre en el terreno siempre incierto de la leyenda.

A este respecto contribuyó sobremanera una de las películas más recordadas de Fernando Fernán Gómez, Mi hija Hildegardt (1977), un filme que recrea el asesinato y posterior proceso judicial al que se enfrentó Aurora Rodríguez Carballeira tras la muerte de su hija Hildegart, en un caso que conmocionó a la ciudad de Madrid, al mismo nivel que el también famoso Crimen de la calle Fuencarral en 1888, que ya abordamos recientemente.

La gran diferencia entre la reciente novela de Almudena Grandes y la película de Fernán Gómez es la fuente en la que se inspiran. Mientras la primera toma como referencia El manuscrito encontrado en Ciempozuelos, un análisis de la historia clínica de Aurora Rodríguez publicado por el psiquiatra Guillermo Rendueles Olmedo, la historia que recreó el cineasta, junto con el guionista Rafael Azcona, se inspiraba en el libro Aurora de sangre, obra de Eduardo de Guzmán, periodista que la entrevistó en varias ocasiones para el diario La Tierra. La diferencia principal entre ambas versiones, como más adelante comprobaremos, se encuentra en la suerte que correría la parricida durante los últimos años de su vida.

 

Mi hija Hildegart, crónica de un parricidio

En 1977, Fernando Fernán Gómez se puso detrás de la cámara para llevar a la gran pantalla una historia real que todavía resonaba en la memoria de un pueblo que le cuesta olvidar. Por encargo del productor Alfredo Matas, el director no dudó en aceptar debido dos razones principales. La primera, por el impacto que le había provocado la lectura del libro de Eduardo Guzmán, una versión novelada de esas crónicas que el periodista y escritor había publicado durante el proceso penal de Aurora Rodríguez. La segunda, y quizá más importante, por la posibilidad que se le abría de trabajar codo con codo con su admirado Rafael Azcona, con el que terminó dando forma al argumento de una historia con tantos matices.

La maestría de esta dupla de cineastas se observa en la complejidad de un guion construido a partir de diferentes capas temporales y narrativas. Concretamente cuatro. La primera de ellas la constituye el propio relato de Eduardo Guzmán, personaje interpretado por Manuel Galiana que se alza como principal narrador de una historia que abarca varias décadas. Situado en el presente, un envejecido Eduardo Guzmán bajo la influencia del alcohol relata a una prostituta en la barra de un club de alterne los recuerdos de ese mediático proceso judicial contra Aurora Rodríguez, y del que él fue testigo directo.

En este sentido, la segunda capa temporal de la película viene delimitada entre el día del asesinato de Hildegart (9 de junio de 1933) y la lectura de la sentencia del juicio. Durante la causa, la acusada relatará la historia del nacimiento, la infancia y los últimos años de vida de su hija, en lo que supone la tercera capa temporal de la película y la inclusión de la segunda voz narrativa de la misma. La última viene representada por los recuerdos de la infancia de la propia Aurora Rodríguez, diferenciados en la película con una fotografía de tonos sepia, que representa la figura más pequeña y delicada de esta especie de matrioska narrativa sobre la que se asienta el guion.

Aunque en el título de la película sobresale el nombre de Hildegart, la protagonista indiscutible de la misma es Aurora Rodríguez, a la que da vida una solvente Amparo Soler Leal, una mujer obsesionada por cambiar el mundo, que concibió a su hija para que fuera el instrumento que lo hiciera posible. De carácter autoritario y megalómano, desde pequeña, cuando jugaba con su muñeca, fue urdiendo un plan que pasaba, entre otras cosas, por una reforma plena de la humanidad a través de controvertidas técnicas eugenésicas en las cuales la procreación solo fuesen llevadas a cabo por personas sanas. De este modo, concibió a su hija Hildegart (Carmen Roldán) como un experimento destinado a dar forma a la persona que pondría en marcha la delirante obra a la que estaba destinada desde antes de nacer.

Aurora Rodríguez Carballeira

Aunque desde bien joven Hildegart alcanzó gran relevancia entre los círculos intelectuales madrileños, miembro destacado de las juventudes socialistas, esta niña prodigio no tardaría en convertirse en un muñeco roto en manos de una madre castradora. A pesar de luchar fervientemente con sus escritos y discursos por la liberación de la mujer dentro de una República que se resquebrajaba, su vida estuvo marcada por los designios de Aurora, una mujer que transformaría su obsesión en locura, hasta el punto de padecer una paranoia delirante que le llevó a asesinar a su propia hija, su propia creación, cuando esta comenzaba a querer volar libre.

Mi hija Hildegart tuvo una gran aceptación en su estreno. Este drama ambientado en plena Segunda República, congeniaba muy bien con los valores e ideales que estaban resurgiendo en pleno periodo de transición democrática. Alejándonos de lo morboso del suceso, la película trata temas tan en boga en la época como el de la liberación sexual o el empoderamiento de la mujer, a través de la historia de esa joven que no solo tuvo que hacer frente a una sociedad en convulsión sino, ante todo, a una madre que proyectó en ella todos sus deseos y anhelos.

Al respecto, es realmente desgarradora la secuencia en la cual Aurora fuera de sí desviste a su hija en el baño antes de salir de casa para marcar con su nombre, cual ganado, a ese ser que estaba destinado a cambiar la sociedad pero al que terminaría sesgando la vida dramáticamente. Esa escena resume la esencia de una relación que Luis Eduardo Aute, autor de la banda sonora de la película, sintetizó en un impactante dibujo que se convertiría en cartel promocional de la misma.

 

Historia clínica nº 6966

Aurora Rodríguez Carballeira

Las auténticas Hildegart (izquierda) y Aurora (derecha)

A pesar de que la película de Fernando Fernán Gómez recrea con acierto el ascenso y caída de una mujer que convirtió el sueño de la regeneración social en una pesadilla de múltiples lectura freudianas, con su retrato inacabado de la vida de Aurora Rodríguez reforzó la confusión sobre la suerte que corrió la asesina tras el estallido de la Guerra Civil. Basándose en el testimonio de Eduardo Guzmán, reforzó la leyenda de la misteriosa desaparición de Aurora durante los primeros compases del conflicto. Según nos cuenta el narrador al final del filme: “3 años después, en el mes de julio de 1936, al estallar la insurrección militar, los milicianos abrieron las puertas de las cárceles y dieron suelta a todos los presos. También soltaron a las mujeres. Entre las que quedaron así, en libertad, iba Aurora Rodríguez Carballeira. Pero desapareció para siempre. Se ignora si está viva o si ha muerto. No se ha vuelto a saber de ella”.

Algo más de una década después del estreno de la película, se publicó un sugerente libro bajo el título El manuscrito encontrado en Ciempozuelos (1989). En este ensayo, el psiquiatra Guillermo Rendueles hace pública la historia clínica de Aurora Rodríguez Carballeira, ingresada en el sanatorio de la ciudad madrileña el 24 de diciembre de 1935 con el número de registro 6966 y en el que estuvo recluida 21 años. Según el médico asturiano, “lo real la destruye y la destina a terminar su vida, en 1956, tras reducirse a hacer muñecos de trapo del tamaño de un hombre a los que intenta dar vida”, en referencia al cáncer que la mató y al suceso que Almudena Grandes tomó como base para convertir en ficción esa historia de reminiscencias galdosianas que es La madre de Frankenstein.

Tanto para el psiquiatra como para la escritora, el olvido en el que cayó la figura de Aurora Rodríguez durante los primeros años de la dictadura no fue fortuito, sino que es fruto de una tergiversación deliberada que se fraguó sobre una figura siempre asociada a la República y el movimiento socialista. Con la novela, al igual que hizo algunas décadas antes Guillermo Rendueles, se persigue recuperar para la historia esos 21 años que tanto el paso del tiempo como la película de Fernando Fernán Gómez habían ayudado a ocultar.

 

La virgen roja, la mártir feminista

The Red Virgin

Mi hija Hildegart no ha sido la única adaptación cinematográfica que se ha hecho sobre el asesinato de la intelectual precoz que no cumplió los designios de su madre. Más recientemente, en 2011, la directora canadiense Sheyla Pye utilizó el famoso suceso para filmar The Red Virgin, un cortometraje de tintes teatrales que sintetiza la tortuosa relación entre Aurora Rodríguez Carballeira y Hildegart. El título de la película remite indiscutiblemente al nombre que Fernando Arrabal dio a dos de sus obras, una obra de teatro y una novela sobre un suceso donde encontró ciertas reminiscencias autobiográficas.

Aunque rodada en inglés, el corto está protagonizado por dos rostros bien conocidos del panorama nacional: Maribel Verdú, que da vida a Aurora, e Ivana Baquero (la niña de El laberinto del fauno), que se pone en la piel de Hildegart. En un cortometraje de gran fuerza visual y una atmósfera densa se recrea en tres actos los entresijos de una dialéctica autodestructiva entre dos mujeres inteligentes y decididas. Tras un monólogo inicial de una fantasmagórica Hildegart que explica los pormenores del caso cual heroína griega, se van sucediendo breves secuencias que resumen las diversas etapas que llevaron al cruel desenlace.

En “Amor”, una seria y autoritaria Aurora da una lección a Hildegart sobre el superhombre de Nietzsche, en una asimilación de la filosofía del pensador alemán con los propósitos eugenésicos de Aurora, que veía en su hija la primogénita de una nueva estirpe humana. En el segundo episodio, “Lucha”, Pye retrata la tensión que comienza a surgir entre ambas y los recelos de una Aurora que ve cómo comienza a correr peligro su obra. En este caso, este segundo acto, se centra en Caín y Abel, último artículo que escribiría Hildegart y que le sirvió a Aurora como inspiración intelectual para justificar el asesinato, tal como aparece también reflejado en la película de Fernando Fernán Gómez.

Por último, en “Asesinato”, Aurora Rodríguez Carballeira culmina su plan dando muerte a su hija en presencia de un pájaro enjaulado, metáfora de lo que supuso la existencia de una mujer que en su corta vida escribió 15 libros y se codeó con Gregorio Marañón, Havelock Ellis o H. G. Wells, pero cuyo prometedor futuro quedó truncado por la locura de una madre que siempre la concibió como un apéndice de sí misma, que tuvo que extirpar cuando este se corrompió. Esta última recreación cinematográfica de la relación tortuosa entre Aurora y Hildegart se alzó con el premio “La noche del corto español” en la 56 Semana Internacional de Cine de Valladolid en 2011.

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

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