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Ana y los lobos: perturbación sin afinar
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A Carlos Saura la idea central de Ana y los lobos le vino por su madre, Fermina Atarés. Cuando el joven Saura quería hablar con su familia sobre problemas políticos, de sexo o religión, Fermina le decía siempre que “no se hablaba de esas cosas en casa”. Como es bien sabido, este comentario habitual en el hogar de los Saura era también una clásica conducta comunicativa en muchas casas españolas. La generación que vivió directamente la Guerra Civil tenía muy marcada esa mentalidad, inculcada por la dictadura. Y todavía más las familias, como la de Saura, con historial en la España republicana. El aragonés recogió este y otros elementos de la sociedad franquista para hacer una evidente película alegórica que, a pesar de sus muchos elementos de interés, no tiene la profundidad y la sutileza subtextual de sus mejores obras.

Ana y los lobos narra, con la característica sencillez formal del cine de Saura, la historia de Ana (Geraldine Chaplin), una joven inglesa que llega como institutriz a una mansión de una familia rica de provincias. Si bien su trabajo es trabajar con las niñas, desde el primer momento Ana se verá afectada por su relación con la familia, y especialmente con los tres hermanos de la casa: José (José María Prada), Juan (José Vivó) y Fernando (Fernando Fernán Gómez).

Los tres hombres son muy diferentes, y por tanto funcionan para representar elementos distintos en el metafórico guion de Saura y Azcona: José es el autoritarismo, la censura y la apariencia. Quizá, de los tres, el más fácilmente identificable con un prototipo real de hombre español de la época. Juan es la represión y la perversión sexual. Sus deseos se expresan de forma tímida, pero esconden un lado violento. Fernando es la moral religiosa; pese a intentar abandonar la vida mundana, no puede dejar de lado sus obsesiones terrenales. Es el personaje, interpretado magistralmente por Fernán Gómez, con más aristas y conflicto interno.

En los tres hermanos descansan pues la gran mayoría de los mensajes y simbolismos de la película. Y este es, al mismo tiempo, la mayor virtud y el mayor defecto de Ana y los lobos. Por un lado, la fuerza psicológica de sus personajes intriga e impresiona, e incluso permite a Saura introducir matices cómicos, dramáticos e incluso surrealistas (la escena del exterior de la casa a través de los ojos de Fernando es muy buñueliana) que son puro talento.

Por otro, la vehemente voluntad de Saura de recrearse en las oscuras almas de estos hombres le hace desentenderse de su verdadera protagonista: Ana. La institutriz no tiene una verdadera entidad propia, es simplemente el mecanismo con el cual se pone en funcionamiento a los otros tres hombres. El carácter funcional de su personaje, de objeto de deseo, hace sí que no se entienda cómo es, ni cuales son sus motivaciones a la hora de tomar decisiones o de hacer determinadas cosas. Es reflejo de la cultura patriarcal que también afectaba a Saura y Azcona. 

No es un error que Ana sea contradictoria (todos lo somos, al fin y al cabo); el problema es que no existe un hilo a seguir con el que se puedan interpretar esas contradicciones. Esto resalta la vileza y lo oscuro del mundo en el que Ana vive, pero impide un desarrollo de más capas a las situaciones que se plantean. Si tu protagonista no expresa una individualidad concreta, desechas un lado importante en el que explorar otra psique y sus posibles contrapesos. Incluso otros personajes secundarios, especialmente el de la madre (una gran Rafaela Aparicio que es la pura reencarnación de Fermina) pero también el de Luchy (Charo Soriano), demuestran más entereza a la hora de aportar una subjetividad propia.

Ana y los lobos es una película que, al sortear la censura franquista, propuso interesantes líneas de trabajo para la pareja Saura – Azcona, pero no llega al nivel de complejidad temática y sofisticación de la mirada que posteriormente sí se expresaría en las dos –fantásticas- siguientes películas del director: La prima Angélica y Cría cuervos. Aún así, la memoria retiene la perturbación que desprenden esos tres lobos marcados por una sociedad enferma.

Arturo Tena @artena_

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