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Amazon contra las salas
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Amazon contra las salas

No se trata tanto de una competición entre streaming y salas de cine como de analizar que falla en el actual modelo de exhibición e industrial y ver qué aporta socialmente cada opción

Amazon

Amazon Prime Video estrena Historias lamentables de Javier Fesser meses antes de que vaya a pasar por salas y también Padre no hay más que uno 2, el gran taquillazo español del año, cuando aún se encuentra en exhibición. Son decisiones obviamente motivadas por las restricciones sanitarias pero que perjudican a unas salas que lo están pasando bastante mal, además de a los distribuidores. ¿Por qué no existe debate? ¿Qué elementos de valoración nos faltan?

En realidad a Amazon se le puede reprochar poco y el título de este artículo, en el fondo, es engañoso. La plataforma del supermercado más grande del mundo ha entrado en la producción audiovisual española e intenta que sus productos sean rentables, igual que cualquier otra empresa. A Amazon no le interesan ni el Cid ni Fernando Alonso, nos los ofrece porque cree que estamos dispuestos a pagar por verlos.

Sin embargo, decíamos ayer y la crisis de la pandemia lo subraya cada día más, que la cultura no es cualquier sector. Los profesionales, a los que cada confinamiento inevitable deja un poco más vendido, nos lo han recordado en varias movilizaciones. Las eternas polémicas en base a percepciones sesgadas demuestran el peso que todos concedemos a los mensajes que transmiten nuestra cinematografía.

Países de nuestro entorno con los que comparamos a España constantemente para otras cuestiones han tomado medidas que si bien no son la panacea al menos suponen un respaldo económico y también simbólico. Si el audiovisual, como otras muchas cuestiones públicas, está abandonado es por la actuación administrativa, que no tiene empacho e ignorarlo o visibilizarlo solo por motivos partidistas.

 

Atajar el monopolio antes de que exista

<i>Amazon contra las salas</i>Fotograma de ‘Padre no hay más que uno 2’

Las salas de cine son parte del patrimonio cultural de cualquier país, y Francia por ejemplo ha demostrado tener clarísimo que desea mantenerlas a cualquier precio. También representan un modelo de consumo y producción cultural en extinción. Las multisalas en centros comerciales fueron el primer paso, la crisis del coronavirus y la indiferencia ante la invasividad del streaming puede ser la segunda.

Porque cuando un mercado cultural se convierte en un oligopolio, y más en un oligopolio controlado desde fuera del país en que se encuentra ese mercado, se pone en peligro los intereses del mismo. Intereses que tienen que ver con el legado cultural y la construcción de identidad, pero no en el sentido excluyente de los últimos tiempos en que los políticos se envuelven en banderas para ocultar su ineficacia o corrupción, sino en el de la creación de un espacio comunitario y común en el que se proteja de manera transversal a todas las personas independientemente de sus circunstancias.

El peso cada vez mayor de las grandes plataformas internacionales del streaming en la producción española puede ser una buena noticia a corto plazo y mala al largo si acaban controlando el circuito completo, convirtiéndose de facto en monopolios, de manera que solo sus productos lleguen a un gran público en lugar de dar a este la oportunidad de elegir en una oferta variada.

Probablemente productos de prestigio y arriesgados como las series españolas que ahora mismo copan nuestras pantallas, del tipo Antidisturbios, Patria o Veneno no serían posibles en un terreno más previsible y controlado de oligopolio que ya empezamos a rozar. Y esas tres series, más allá de su innegable calidad técnica o artística, son relevantes por reflejar temas de gran calado social como la corrupción, el terrorismo o la transfobia.

Amazon ya ha sido acusada de prácticas monopolísticas por su actividad como supermercado global. La crisis sanitaria ha aumentado la desigualdad en todos los ámbitos y en el de la distribución audiovisual, como en muchos otros, parece a punto de cebarse con el exhibidor más cercano al consumidor final, acabando con el cine como evento social más allá del hashtag.

Amazon hará lo que considere necesario para ganar dinero. Le da lo mismo una nueva temporada de El Internado que un documental sobre Carolina Marín, Santiago Segura que Javier Fesser. Ya ha demostrado en otros ámbitos los criterios que suele aplicar, contrarios a cualquier beneficio social o cultural. Y las plataformas de streaming mantienen una opacidad en la que los criterios para lanzamientos o cancelaciones pueden justificarse mediante motivos económicos o de audiencia aunque no haya datos accesibles que lo respalden.

 

La creatividad crece cuando hay competencia real

VenenoFotograma de ‘Veneno’

Cada ley del cine que España ha visto desde la llegada de la democracia, y por supuesto antes, ha tenido sus consecuencias culturales, sociales y políticas. Todas han respondido a los cambios del entorno audiovisual. El país se prepara para recibir al menos la mitad de los 140.000 millones de euros, que dependerán de proyectos concretos que se lleven a Bruselas.

Las grandes multinacionales se preparan desde hace meses para presentar los suyos, pero el Gobierno también puede liderarlos, el sector cultural también puede estar presente. ¿Dónde está el proyecto que una el actual auge creativo del sector en España y el impulso de las nuevas formas de consumo con el respeto por una voz propia y un modelo cultural sostenible para todos los participantes?

Las salas de cine y su significado social y cultural, el modelo de producción y consumo cultural que pueden representar, incluso el de relación social que aún representan, morirán si los dejamos morir. El mercado no es magia, no cae del cielo, es la forma en la que una sociedad organiza sus relaciones económicas. Y esta también se define por la manera en la que preserva su independencia para construir unas historias y un discurso propios, más allá de intereses comerciales.

 

Jose A Cano (@caniferus)

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