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Alguien tiene que morir: Buñuel contra el fascismo eterno
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Alguien tiene que morir: Buñuel contra el fascismo eterno

La coproducción de Manolo Caro para Netflix propone su propio modelo de ficción hispanoparlante que solo se tenga a sí misma como referente

Alguien tiene que morir

El joven Gabino Falcón vuelve a España en los 50 tras un tiempo viviendo en México. Lo acompaña su amigo Lázaro, bailarín clásico. Las pasiones que este último levanta a su paso chocan con el conservadurismo de la familia y el papel del padre de Gabino, Gregorio, como alto cargo del régimen de Franco. Finalmente, los secretos de la familia Falcón acabarán saliendo a la luz.

En Alguien tiene que morir Manolo Caro propone un homenaje al cine de los 50 a ambos lados del océano Atlántico y un alegato por un audiovisual hispanoamericano que solo se tiene a sí mismo como referente. Homenaje al cine clásico mexicano, al de Buñuel y, ligeramente, al de Berlanga, es también un canto a la diversidad y a la libertad en tiempos difíciles.

Aunque tiene gran parte de la temática y el enfoque de culebrón con La casa de las flores, no hay el menor rastro de comedia. Lo que veremos es un drama más que correcto, a favor del que juega su brevedad, apenas tres capítulos de 50 minutos, que presenta rápidamente los conflictos y el marco en el que se mueven.

Aunque el relato coral flojea –Carmen Maura y Ester Expósito son mucho más secundarias de lo que dicen las promos, aunque tengan mucho peso en la trama– y el guión no es perfecto, se trata de una coproducción notable que respeta la tradición de ambas orillas.

A partir de aquí, spoilers, aunque no se revela el final ni la identidad de la víctima o el asesino.

 

Represión de ida y vuelta

Alguien tiene que morir

El Franquismo de los 50 se retrata sin ningún tipo de piedad. Al contrario que en otros culebrones de época no hay idealización posible ni piedad con los personajes de clase alta retratados. Lo poco que sabemos de la familia nada más empezar es que uno de ellos gestiona desde la cárcel trabajadores esclavos con las grandes empresas afectas al Régimen.

El referente de La casa de las flores es inevitable, para empezar porque Alguien tiene que morir no tiene ningún interés en evitarlo. Sin embargo, un cuarto de hora de visionado nos demuestra rápidamente que aquí el tono no es de comedia, ni siquiera negra.

Aunque los elementos del anterior éxito para Netflix de Manolo Caro están aquí, se presentan de manera mucho menos desenfadada. El machismo de Gregorio (Ernesto Alterio) no es redimible ni mucho entrañable en su torpeza como el del padre de los de la Mora, la matriarca Amparo (Carmen Maura) es terrorífica y no cómica y las consecuencias de vivir en el armario son mucho peores que los chismes de las vecinas en la colonia.

La irrupción onírica del joven bailarín ensayando en el salón de madrugada es la que rompe el ambiente de opresión, incluso la iluminación cambia, y por supuesto la expresión de los personajes principales. En los dos primeros capítulos de Alguien tiene que morir sirve de contraste al ambiente general. Por ejemplo, a la aparición de Eduardo Casanova, que lo da todo en un personaje menor pero relevante para la evolución de Gabino y que retrata la personalidad de Gregorio en toda su miseria.

Se superponen sin mucho disimulo las escenas de este último cabildeando con el “emprendedor” traficante de zapatos y la de Mina (Cecilia Suárez) contemplando como lisian a los pichones para que los clientes ricos hagan más presas. Ese tiro al pichón que siempre fue la afición predilecta del dictador. La sutileza, como en otras obras de Caro, no es necesaria si el mensaje tiene la fuerza suficiente.

Destacar a Cecilia Suárez. Si en La casa de las flores cambiaba su acento al servicio de la extracción social y la comicidad del personaje, en Alguien tiene que morir disimula su deje mexicano hasta naturalizarlo en un castellano peninsular y arcaico con doble vuelta. Acostumbrados a imitaciones ridículas de ida y vuelta del Atlántico, es una novedad bienvenida.

 

El bailarín exterminador

Alguien tiene que morir

Ryan Murphy acababa “arreglando” con diversidad retrospectiva el Hollywood de los 40, pero Manolo Caro no tiene ninguna intención. No sabemos hasta qué punto de manera intencionada convierte la fetichización de la palabra “España” en una cárcel, en un patrimonio de los personajes como el detestable Gregorio.

Es una pena, quizás, que los personajes españoles jóvenes de Alguien tiene que morir, como Cayetana (Ester Expósito) o Alonso (Carlos Cuevas), no disputen otra definición de la misma sino que sucumban ante ella. Por otro lado, ese Madrid en tonos sepia y el país que lo rodea cumplen la misma función que la casa de El ángel exterminador en atrapar a sus burgueses en una mediocridad de la que no saben salir.

Se refleja bien, por tanto, lo que significaba México en aquella época para los españoles de dentro y de fuera, esa República de Lázaro Cárdenas -por algo el personaje de Isaac Hernández se llama así- en la que sobreviven intelectuales y demócratas. La que retratan los relatos de Max Aub, parodió Buñuel y exportaba un cine ambicioso y grandilocuente, que podía competir con Hollywood en el mundo hispanoparlante.

La capacidad de convertir a los franquistas en supervillanos detestables, que rozan el tebeo -como buenos malos de culebrón- recuerda, salvando las distancias de tiempo, formato y género, a la que tuviese el también mexicano Guillermo del Toro en El espinazo del diablo y El laberinto del fauno.

Por otra parte, y como La casa de las flores revelaba a su manera, en un cambio de roles de 80 años en el que ahora España puede ser el exilio del mexicano que quiera vivir sin presiones sociales o aspirando a un ascensor social que se está dinamitando a ambas orillas del Atlántico.

Alguien tiene que morir sirve así también como propuesta, es posible que más que consciente, de un nuevo modelo de coproducción, de ficción que cruce el charco y sea capaz de competir con el mundo anglosajón como lo hizo en su momento ese cine mexicano de superproducción.

 

Jose A. Cano (@caniferus)

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