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Akelarre: un mundo contado también por ellas
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Akelarre: un mundo contado también por ellas

Es la película histórica española reciente que mejor reivindica la memoria de esta mujeres olvidadas. Porque la resignifica 

No es casualidad que, en el arco de año y medio, hayamos tenido varias películas españolas que rescatan a mujeres  maltratadas y olvidadas por la historia. El campo abierto y las gafas violetas han hecho posible Elisa y Marcela, La isla de las mentiras, María Solinha y, muy pronto, La vampira de Barcelona. A esta lista se le puede sumar fácilmente esta interesante Akelarre, que, sin embargo, se desmarca del relato histórico concreto de mujeres reales para arder en pura libertad feminista.

Es cierto que la inspiración de la película de Pablo Agüero sí es real: Akelarre se apoya -en contexto histórico y creencias demoníacas, principalmente- en las memorias de un juez francés, Pierre de Lancre, que protagonizó y relató las decenas de casos en el País Vasco de mujeres acusadas de brujería y posteriormente condenadas a muerte. Lancre se transforma libremente en Rostegui (el incombustible Álex Brendemühl), que se centra en un rito satánico supuestamente protagonizado por un grupo de jóvenes de un pueblo vasco.

La película empieza rápida, algo confusa -incluso con un salto de eje frente al fuego- y sin encontrar su tono entre lo atropellado de los sucesos y la gravedad de los hipócritas inquisidores. Pero poco a poco va llegando a la forma que más le conviene  gracias al duelo entre Ana (Amaia Aberasturi), una de las chicas acusadas, y el juez. En esa relación se da rienda suelta a una serie de choques dialécticos y una dinámica de relaciones de poder que coloca los temas de la película en el lugar que más le convienen.

Acusadas de brujería sin posibilidad de defensa real, Ana se atreve a cambiar las reglas del juego impugnando, desde su propia imaginación, el relato demoníaco con el que sentencian los inquisidores. La principal reivindicación de la película, la defensa de la libertad de unas jóvenes mujeres reprimidas, se vuelve así natural, provocadora y contundente. Esto es lo mejor de Akelarre: hace feminismo radical y colectivo desde la propia forma narrativa y sin proclamarlo demasiado, algo que habría resultado anacrónico en el siglo XVII.

La película llega así a su momento de éxtasis cada vez más fuerte y acaba en un final litúrgico y fantasmal que da pie a distintas interpretaciones sobre lo que ha sucedido en pantalla. Con este discurso feminista troncal ya coherente, brillan además otros aspectos de la producción: los minuciosos encuadres y los planos detalle, el gran trabajo de luces y oscuridad esotérica de un fuera de serie como Javier Agirre Erauso (director de fotografía) o unas interpretaciones -muy atentos a Aberasturi- que sí encuentran el carácter que se les pide.

Aunque no pone nombres y apellidos de mujeres que realmente sufrieron estos procesos, paradójicamente Akelarre es la película histórica española reciente que mejor reivindica la memoria de estas mujeres olvidadas. Porque la resignifica. El filme propone un discurso que no se queda en la denuncia del maltrato de un mundo de hombres y su secular silencio interesado, sino porque plantea, mirándote a los ojos, una insumisión que permite imaginar un mundo que esté contado entre todas y todos.

 

Arturo Tena (@artena_)

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