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¿A quién te llevarías a una isla desierta?: sigue el vacío del cine sobre nuestros jóvenes
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La España de la crisis ha dejado mucha de su herencia a los jóvenes. Desde el fundacional estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008, para ellos ha sido una década impregnada por el paro masivo, la precariedad laboral, la salida al extranjero o la falta de acceso a una vivienda. La compleja realidad de una generación de españoles que ya está viviendo peor que sus padres.

El cine de este país, dado a retratos socio-económicos sobre los sectores de edad más numerosos (hombres -sobre todo- y mujeres de mediana edad), no se ha fijado mucho en los problemas y expectativas de los menores de 35 años en los últimos tiempos. Cuando lo ha hecho, ha sido normalmente de forma colateral y poco exhaustiva. La mejor de las contadas excepciones a esta tendencia fue Hermosa juventud (2014), una película que llegó cuando los efectos de la crisis ya se habían solidificado. La obra de Jaime Rosales combinó muy bien un retrato social general con los vacíos existenciales individuales ante la falta de futuro de esa generación. Sus inquietudes, su escapismo, su frustración y resignación.

Dos años antes de que Rosales estrenase su película, un joven director llamado Jota Linares llevaba al teatro su cortometraje ¿A quién te llevarías a una isla desierta?, que contaba la historia de un día en Madrid de cuatro veinteañeros que se despiden como compañeros de piso, y pasan una última y turbulenta noche juntos. Su éxito en las tablas la catapultó al rey del streaming, Netflix, donde llega directamente ahora tras pasar por el Festival de cine de Málaga.

Linares busca, como Rosales, sacarle punta a la realidad a la que se enfrentan hoy los millennials. Es cierto que su enfoque de clase, concepción y objetivos son muy diferentes: si Rosales pretendía trascender hacia el drama a través de un realismo crudo y cotidiano, Linares plantea un circuito cerrado de un día con unas situaciones concretas para llegar al conflicto, herencia de su fuente teatral. Nada que objetar al planteamiento inicial. Pero implica unos riesgos cinematográficos que la película no supera.

El escollo principal con el que se choca ¿A quién te llevarías a una isla desierta? es su propia concepción de drama de conversación en un período de tiempo muy concentrado. Mucha emoción, nostalgia y emociones soterradas a punto de explotar. Aquí es fundamental la gestión de la comunicación e interacción creíble entre los cuatro personajes principales. Aunque uno por uno el dibujo psicológico tiene sentido a nivel de mensaje generacional, una vez que se establecen las conversaciones se parte desde una trascendencia que no se ha construido desde el guion. La teatralidad se cae por su propio peso.

Linares no termina de adaptar sus diálogos al lenguaje audiovisual y los fuerza a una sobreexposición existencial que no beneficia a su cuarteto protagonista, donde sí destaca positivamente el trabajo de Andrea Ros como Celeste. Los duros choques entre estos cuatro amigos no tienen el efecto buscado. En cambio, cuando la película sugiere, enseña con la cámara y da tiempo a su personajes, como hace especialmente en el epílogo, crece.

El trabajo que sí que está bien resuelto a nivel cinematográfico es el de construcción de ambiente y selección de planos. Ahí se percibe el calor asfixiante, y se manejan con soltura los colores veraniegos que se dan en el arco de 24 horas. Los recursos que proporciona Netflix se han dirigido para que luego el director de fotografía, Junior Díaz, pueda resolver los tonos y la textura para que se note ese buscado punto íntimo en la imagen. Además, según la intensidad de la escena, Linares coloca la cámara con gusto

¿A quién te llevarías a una isla desierta? acaba recogiendo poca cosecha de la semilla del crecimiento y descubrimiento doloroso de sus jóvenes personajes. Las cariñosas e intensas intenciones de acercamiento que hace Linares a la generación perdida se escapan en un cúmulo de revelaciones que no conectan. Seguimos necesitando de más cine que interprete el asumido desaliento de la juventud.

 

Arturo Tena (@artena_)

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