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522. Un gato, un chino y mi padre: agradable reconciliación con el pasado
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Es habitual que haya un número límite, un número más allá del cual no podemos ir. Puede referirse a las horas seguidas que una persona puede pasarse trabajando, las cervezas que alguien se puede tomar antes de que se le empiece a nublar la cabeza o, muy común, la cifra del dinero que nos queda en el banco. Para George (Natalia de Molina) este número es 522. Es el número de pasos que se puede alejar de su casa.

George sufre de agorafobia, fobia a los espacios abiertos. Su día a día necesita una planificación medida para mantenerse serena. Pero un día su gato, su única compañía constante, se escapa y muere. George quiere darle una sepultura digna y se verá obligada a enfrentarse a sus miedos. Con la compañía de Alberto Jo Lee, que también tiene sus cuentas pendientes, se dirigen a Portugal, donde transcurrió la infancia de George. El viaje servirá para que ambos personajes hagan las paces con su pasado y con los abandonos sufridos, George con su padre y el chino -que en realidad es japonés- con su mujer.

Paco R. Baños, que vuelve a repetir el retrato femenino tras Ali (2012), construye una road movie agradable. A partir de unos mimbres sencillos consigue explotar con acierto el gran trabajo de Natalia de Molina, su buena química con Alberto Jo Lee y la belleza de los paisajes naturales que van encontrando en su viaje por Portugal. La agorafobia funciona como McGuffin argumental. Aunque es de celebrar la ola de normalización y visibilización de los trastornos mentales, no hay que olvidar que se trata de una película de ficción. En la vida real es mucho más recomendable acudir a especialistas que emprender un viaje a los orígenes. Pero en términos cinematográficos Baños saca partido de la milimétrica rutina que tiene que seguir el personaje de Natalia de Molina y de cómo tiene que reproducir el espacio de su habitación en la camioneta en la que viajan.

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Baños, también guionista, consigue cerrar los numerosos frentes argumentales que abre. 522. Un gato, un chino y mi padre habla de la familia, la amistad y la compañía, y de cómo el pasado puede determinarnos según la relación que tengamos con él. Sin embargo, tanto al desarrollo de la historia como a la parte visual de la película le falta fuerza para ir más allá de lo agradable. El toque de feel good movie hace que se vea con facilidad, pero difícilmente conseguirá que nos acordemos de ella en un tiempo. Los numerosos primeros planos de Natalia de Molina sirven de ejemplo de este quedarse a medias: por un lado demuestran lo gran actriz que es –bien- pero la idea de meternos en su problema de agorafobia a través de ellos resulta un tanto pobre como hallazgo visual en cuanto la vemos dos o tres veces –menos bien-.

En cualquier caso, lo peor de 522. Un gato, un chino y mi padre es el título. Demasiado largo y demasiado explicativo. Cuando lo peor es que su puede decir de una película es que su título es malo tampoco se han hecho nada mal las cosas (aunque también da rabia: ¿en serio nadie tuvo alguna idea mejor?). Paco R. Baños ha levantado un film honesto y valioso en su sencillez, aunque no haya dado con la tecla para llegar más lejos. Quien sí lo ha hecho es Natalia de Molina, que se ha convertido ya en una de las mejores actrices de nuestro país.

 

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

 

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