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10.000 km: ponerse al servicio de una historia
5 min

 

El corto marco inicial de 10.000 km nos sitúa en un piso de Barcelona, donde Álex (Natalia Tena) y Sergi (David Verdaguer) viven felizmente juntos. Él, profesor en un colegio; ella, fotógrafa en paro. De repente, todos sus posibles planes de montar una familia cambian cuando a Álex le ofrecen un trabajo en Los Ángeles, y decide aceptarlo. Aquí empieza el nuevo escenario de distancia que será el que defina el resto de la película. La primera obra de Carlos Marqués-Marcet (Tierra firme) es, reduciéndola a lo esencial, un buen tratado sobre las relaciones de pareja. Acompaña en todo momento una relación en concreto, sin distraerse y sin distraernos, reflejando con acierto las distintas fases por las que pasa en la distancia.

El director se sirve de diversas técnicas para intentar reflejar a su manera esta habitual tesitura romántica. La que más se nota es la del manejo del tiempo.  Nos lo va marcando, indicándonos los días que han pasado desde que se han separado, como si el lapso temporal los estuviese poniendo inevitablemente a prueba. A medida que pasan los meses, Álex y Sergi pasan por muchas cosas, y sus situaciones personales van cambiando. El filme es hábil al ir poco a poco, utilizando los detalles con cuidado, planteando esas ligeras modificaciones en las dinámicas de la pareja y las circunstancias que la refuerzan y la afectan. Si bien este proceso en transición suave puede hacer algún pasaje más pesado, es lo que da auténtica veracidad a lo que se cuenta.

Pero no es solo el tiempo el que juega un factor importante, sino también el espacio y la manera en la que lo interpreta la película. Como reza el título, el tema central de  10.000 km es la enorme distancia física que separa a nuestros dos protagonistas.  Lo curioso es que el espectador ve (menos algún tímido exterior de los apartamentos) solo dos espacios reales, dos interiores: el piso de Sergi en Barcelona y el de Álex en Los Ángeles.

Los kilómetros se intentan paliar a través de la comunicación por Internet. Otra característica apegada a la realidad; ya no se entiende el mundo y las relaciones personales sin las posibilidades de mantenerse en contacto que ofrece la tecnología. En este sentido, los dos espacios, las dos zonas delimitadas, funcionan también para evidenciar una de las paradojas de este tipo de comunicación: te acerca a los que están lejos, pero te aleja de los que están cerca. Marqués-Marcet está atento a esta contradicción e incorpora lo digital en la narración para dar más vida al relato, sirviéndose de las pantallas de los ordenadores, acercándolas y pasando a través de ellas para hacernos experimentar lo que viven sus dos personajes principales. Una variante del plano-contraplano pegada a la actualidad.

Sin embargo, a pesar de que los medios con los que cuentan parecen mantenerlos unidos, la soledad sigue apoderándose del ambiente. Esta situación se recalca cuando vemos los momentos inmediatamente posteriores a las conversaciones entre ambos; el silencio y el aislamiento se hacen más evidentes, y recogen un tinte amargo en el ambiente que crece mientras pasan los minutos. La fotografía -bien cuidada durante toda la película- y la escenografía tienen la misión de poner sobre la mesa también este desapego espacial y el humor de los personajes. El tono de luz de la casa de Sergi es mucho más apagado, con sombras, evidenciado su bajo estado de ánimo, mientras que en el apartamento de Álex en Estados Unidos predominan los blancos y una luz más potente, dejando claro el período y las experiencias alegres que vive.

La elección de los planos también está supeditada a la historia y las transiciones emocionales que vive la pareja. Basta con observar las diferencias entre las únicas dos escenas en las que los dos protagonistas comparten plano físicamente. La continuidad que ofrece el primer plano secuencia, donde todo parece fluir, y la frialdad del montaje y la selección de planos cortos de la segunda escena. Curiosamente, en las dos secuencias se suceden actos aparentemente parecidos, pero el director los separa para hacer manifiesta la diferencia de sus circunstancias afectivas.

La sensación general de verdad emocional que desprende 10.000 km no sería posible sin el buen trabajo hecho desde el guión, especialmente en lo que respecta a los diálogos, una de las materias primas de cualquier pareja. Sin desmerecer la excelente labor que realizan Verdaguer y Tena, que incluso aportaron su granito de arena en alguna de las conversaciones, la realidad es que es el buen trabajo a dos manos de Marqués-Marcet y Clara Roquet el que hace que el libreto alcance esa indispensable conexión. Es su profundidad e inteligencia estructural, sus palabras y sus silencios, lo que aleja las dudas que puedan crear algunos bajones de ritmo -quizá inevitables – en la historia.

10.000 km es una obra intimista y cercana, una película inteligente que se sabe poner al servicio de lo que está contando para no desviarse de sus objetivos. El inicio prometedor de la carrera de Carlos Marqués-Marcet.

 

Arturo Tena (@artena_)

 

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